Los jóvenes que quieren quedarse
Continúa la serie sobre la misión en la España rural. En esta cuarta entrega, Fr. Diego Rojas nos invita a mirar a los jóvenes que quieren construir su futuro en sus pueblos

"No podemos vivir sin amigos y sin comunidad. Queremos que nuestro futuro sea también un futuro compartido."
Fratelli Tutti, 110
En el artículo anterior hablábamos de esos momentos en los que la comunidad vuelve a encontrarse y la memoria se actualiza. La Semana Santa, las fiestas patronales, el verano y tantos otros momentos del año hacen que las casas se abran, que las plazas recuperen sus voces y que las generaciones vuelvan a reconocerse. Pero cuando los días de fiesta terminan y cada familia regresa a su lugar de residencia, queda una pregunta que no podemos evitar: ¿quiénes quieren quedarse?
Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de los pueblos pequeños, los jóvenes aparecían casi siempre como una ausencia. Eran los que se habían marchado para estudiar, para encontrar trabajo, para formar una familia o, sencillamente, para buscar las oportunidades que el pueblo no podía ofrecerles. Sus nombres permanecían en las casas de sus padres, pero sus vidas transcurrían lejos.
Sin embargo, después de estos años en el mundo rural he comenzado a descubrir otra realidad. Hay jóvenes que regresan. Otros que nunca quisieron marcharse. Y algunos que, después de haber conocido otros lugares, empiezan a preguntarse si es posible construir aquí su futuro. No son muchos. Pero quizá no se trata de contar únicamente cuántos son. Se trata de escuchar lo que significan.
Entre marcharse y quedarse
Para un joven de un pequeño pueblo, marcharse suele parecer lo normal. Estudiar implica, muchas veces, desplazarse a una ciudad. Encontrar determinados trabajos exige salir del territorio. Los servicios, las posibilidades de ocio y las relaciones sociales parecen estar siempre en otra parte.
Marcharse no es necesariamente una ruptura con las raíces. Muchas veces es simplemente una necesidad. Por eso no deberíamos juzgar a quienes se van. Tampoco idealizar a quienes deciden quedarse. Cada historia personal es diferente y cada decisión tiene sus razones. Lo interesante aparece cuando quedarse deja de ser considerado un fracaso o una imposibilidad y comienza a convertirse en una opción libre. Porque quedarse también puede ser una forma de construir futuro.
El deseo de una vida diferente
Hay jóvenes que han descubierto que la vida en un pueblo ofrece algo que resulta difícil encontrar en otros lugares. La posibilidad de vivir con mayor tranquilidad, de estar cerca de la naturaleza, de conocer a los vecinos, de participar en la vida comunitaria y de criar a los hijos en un entorno donde las relaciones humanas todavía pueden conservar una cierta cercanía.
No significa que todo sea sencillo. Quien decide quedarse tiene que enfrentarse a dificultades muy concretas: encontrar un empleo estable, disponer de una vivienda, acceder a determinados servicios, desplazarse, mantener relaciones sociales y encontrar espacios donde desarrollar sus intereses. El amor por la tierra no paga por sí solo las facturas ni resuelve las dificultades de cada día.
Pero hay algo que está cambiando. Las nuevas tecnologías han abierto posibilidades que hace apenas unas décadas eran impensables. El teletrabajo, los pequeños emprendimientos, las iniciativas vinculadas al turismo rural, la agricultura y ganadería renovadas, los oficios tradicionales recuperados o las nuevas profesiones relacionadas con la tecnología permiten imaginar caminos diferentes.
No son soluciones mágicas. Pero son caminos. Y cada camino que permite a un joven elegir libremente dónde quiere vivir es también una pequeña victoria contra la lógica inevitable de la despoblación.
Volver con una mirada nueva
Quizá algunos de los jóvenes que regresan necesitan primero marcharse. Necesitan estudiar, conocer otros lugares, trabajar fuera, ampliar sus horizontes y descubrir quiénes son. Y precisamente esa experiencia puede permitirles volver con una mirada diferente.
Regresar no significa necesariamente volver al pasado. Puede significar traer algo nuevo. Nuevas ideas, nuevas formas de trabajar, nuevas sensibilidades, nuevas maneras de relacionarse con el territorio. El pueblo puede convertirse entonces no en el lugar al que se regresa porque no queda otra alternativa, sino en el lugar donde se decide comenzar algo nuevo.
Tal es el caso de Diego de Pablo Melero un jóven de 25 años, de un pueblo de la Rivera del Duero llamado Berlangas de Roa. Diego salió del pueblo a estudiar historia y ciencias de la música a la Universdad de Salamanca. Posteriormente hizo un máster de artes visuales y educación en la Universidad de Granada. Regresó a su pueblo y además de las labores agropecuarias tiene una apretada agende cultural promoviendo el toque manual de campanas, dando a conocer las tradiciones musicales, folclóricas y religiosas de su zona natal.
Me parece especialmente significativo cuando escucho a jóvenes hablar de sus pueblos sin idealizarlos. Conocen perfectamente sus limitaciones. Saben lo que falta y lo que debería cambiar. Pero, al mismo tiempo, reconocen algo que quizá quienes vivimos en las ciudades hemos olvidado: que una comunidad no se construye solamente con servicios, sino también con vínculos. Y ellos pueden convertirse en protagonistas de esos vínculos.
Una nueva manera de pertenecer
En las fiestas patronales, en las actividades culturales, en los pequeños proyectos comunitarios o simplemente en las conversaciones de la plaza, los jóvenes empiezan a ocupar nuevamente un lugar. A veces los vemos organizando una actividad, recuperando una tradición, poniendo en marcha un negocio o dando vida a una asociación. Otras veces simplemente están allí, compartiendo con sus amigos y con las generaciones mayores.
Ese encuentro entre generaciones puede ser extraordinariamente fecundo. Los mayores poseen la memoria del territorio. Conocen sus historias, sus costumbres, sus caminos, sus tiempos y sus silencios. Los jóvenes poseen la capacidad de imaginar lo que todavía no existe. Una comunidad necesita ambas cosas: memoria y futuro.
Quizá uno de los grandes desafíos de estos pueblos sea precisamente conseguir que ambas generaciones puedan escucharse. Que los mayores no miren a los jóvenes únicamente desde lo que han perdido, y que los jóvenes no contemplen a los mayores únicamente como representantes de un mundo que desaparece. Entre unos y otros puede construirse una nueva historia.
También aquí hay una misión
Todo esto tiene también una dimensión profundamente misionera. La Iglesia que vive en estos pueblos no puede mirar a los jóvenes solamente como quienes deberían volver a participar en las celebraciones religiosas. Necesita primero preguntarse qué buscan, qué sueñan, qué les preocupa y qué esperan de la vida.
Antes de preguntarles por qué no vienen a la iglesia, quizá deberíamos preguntarles qué necesitan para poder quedarse. Antes de hablarles de futuro, quizá deberíamos escuchar qué futuro imaginan ellos. La misión comienza muchas veces allí: en la capacidad de escuchar.
Una Iglesia que acompaña a los jóvenes no tiene por qué ofrecerles todas las respuestas. Puede ofrecer algo más sencillo y, quizá, más necesario: una comunidad donde puedan sentirse reconocidos, espacios donde puedan encontrarse y una palabra que les recuerde que sus deseos, sus preguntas y sus proyectos tienen valor.
Evangelizar también significa ayudar a descubrir que la propia vida puede convertirse en una vocación y que construir una comunidad más humana puede ser una forma concreta de servir.
La esperanza tiene rostro joven
Después de contemplar durante tanto tiempo los signos de la despoblación, encontrarse con un joven que quiere quedarse produce una sensación difícil de explicar. No porque él vaya a resolver por sí solo todos los problemas del pueblo. Sino porque su decisión contradice una idea que parecía inevitable: que el único futuro posible consiste en marcharse.
Un joven que decide quedarse está diciendo, con su propia vida, que esta tierra todavía puede ofrecer un futuro. Que aquí puede haber trabajo, familia, amistad, creatividad y proyectos. Que las raíces no tienen por qué ser una carga; pueden convertirse en punto de partida. Por eso creo que necesitamos cambiar la mirada.
No hablar únicamente de los jóvenes que faltan, sino también de los jóvenes que están. No mirar solamente a quienes se marcharon, sino descubrir a quienes están intentando construir algo. No preguntar únicamente qué hemos perdido, sino preguntarnos qué puede nacer todavía.
Quizá la esperanza de estos pueblos no consista en volver a ser como fueron. Quizá consista en aprender a ser algo nuevo. Y en ese proceso los jóvenes tienen mucho que decir.
Una tierra que todavía puede dar fruto
Cuando llega el verano y las familias regresan, las calles se llenan de niños y jóvenes. Durante unas semanas uno puede imaginar cómo sería un pueblo lleno durante todo el año.
Pero la verdadera pregunta no es cómo conseguir que agosto dure doce meses. La pregunta es: ¿qué necesitamos transformar para que algunos de esos jóvenes puedan elegir quedarse cuando termine el verano?
Esa es una tarea que corresponde a toda la sociedad: a las administraciones, a las empresas, a las familias, a las asociaciones y también a la Iglesia. Porque un pueblo no se salva únicamente conservando sus edificios, restaurando sus iglesias o recuperando sus fiestas. Se salva cuando consigue que haya personas que quieran vivir en él, amarlo y comprometerse con su futuro.
Y quizá ahí descubrimos algo profundamente evangélico: la esperanza no siempre llega como algo extraordinario. A veces tiene el rostro sencillo de un joven que decide echar raíces.
Entre esos jóvenes hay también quienes han llegado desde otros lugares, incluso desde otros países. Algunos encontraron aquí una oportunidad para comenzar de nuevo y poco a poco empiezan a formar parte de la vida de estas comunidades. Sus historias nos obligan a ampliar todavía más nuestra mirada sobre el futuro de nuestros pueblos. De ellos quisiera hablar en el próximo artículo.
Fr. Diego Rojas, OP
Este artículo forma parte de una serie sobre la misión en la España rural · 4 de 6


