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El Blog de Misioneros Dominicos - Selvas Amazónicas

Las fiestas del pueblo: cuando la memoria se actualiza

Continúa la serie sobre la misión en la España rural. En esta tercera entrega, Fr. Diego Rojas nos invita a descubrir cómo las fiestas, las tradiciones y la religiosidad popular mantienen viva la memoria creyente de nuestros pueblos

Fr. Diego Rojas Articulo 3 - 1

"La piedad popular puede percibir el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y continúa transmitiéndose."  —Evangelii Gaudium, 123

Hay quien piensa que los pequeños pueblos de la España rural permanecen dormidos durante casi todo el año y que solo despiertan en agosto. Sin embargo, basta vivir aquí un tiempo para descubrir que la realidad es mucho más rica. La vida nunca desaparece del todo; simplemente sigue un ritmo diferente. A lo largo del año existen momentos en los que la comunidad vuelve a reunirse y el pueblo recupera, aunque sea por unos días, algo de la intensidad de otros tiempos.

La Semana Santa es uno de esos momentos. Muchos regresan aprovechando los días libres para reunirse en familia. Quienes conservan la fe aprovechan para celebrar juntos estos días santos en la iglesia donde fueron bautizados o donde aprendieron a rezar siendo niños. Similar pasa en algunos puentes nacionales y autonómicos, cuando muchas casas cerradas durante mucho tiempo, principalmente en invierno, vuelven a la vida. Algo parecido sucede con las fiestas patronales u otras fiestas tradicionales no religiosas. Cada pueblo tiene un calendario festivo que se extiende casi por todo el año, aunque las más frecuentadas fuera del verano son las de la primavera o el otoño.

Con la primavera avanzada, especialmente en mayo, comienzan a regresar muchos mayores que habían pasado los meses más fríos en las ciudades o en la costa. Poco a poco se abren de nuevo las ventanas, se arreglan los jardines y los pequeños huertos, y las plazas y bares recuperan rostros familiares.

Con el final del curso escolar comienza otro movimiento. A finales de junio y durante julio llegan los hijos y los nietos. Los jóvenes terminan los exámenes, los niños empiezan las vacaciones y las familias regresan al pueblo donde crecieron sus padres o sus abuelos. En agosto muchos municipios duplican, triplican e incluso cuadruplican su población.

La fecha cambia. El motivo puede ser distinto. Pero el gesto siempre es el mismo: volver.

La comunidad vuelve a casa

Cada regreso tiene su propia historia. Los motivos para el regreso básicamente son el deseo de reencontrarse con la familia y amigos, o simplemente buscar unos días de descanso lejos del ritmo acelerado de las ciudades. También llegan turistas que descubren la belleza de estos paisajes, la riqueza del patrimonio histórico y la serenidad que todavía conserva el mundo rural.

fr-diego-rojas-articulo-3-2-noticia_imagenSin embargo, más allá de las motivaciones de cada uno, sucede algo profundamente humano: la comunidad vuelve a reconocerse. Las casas recuperan el bullicio de varias generaciones compartiendo la misma mesa. Los niños vuelven a jugar en calles donde durante meses apenas se escuchaban voces. Los bares recuperan conversaciones interminables y las plazas vuelven a convertirse en lugares de encuentro.

Uno comprende entonces que estos pueblos no estaban vacíos de vida. Estaban esperando el momento del reencuentro.

El Bar, el alma del pueblo

El centro de la vida comunitaria de un pueblo es el bar. En casi todos los pueblos es mucho más que un establecimiento de hostelería. Es una prolongación de la plaza, es el lugar donde siempre hay una silla libre y una conversación comenzada. Allí se comparten alegrías y preocupaciones, se comentan las noticias, se da la bienvenida al que regresa y se echa de menos al que falta. Cuando un pueblo pierde su bar, pierde mucho más que un servicio: pierde un espacio de encuentro donde se tejen los lazos invisibles que sostienen la comunidad. Desde la óptica del misionero, he comprendido que esos lugares también forman parte del territorio de la evangelización. Antes de anunciar el Evangelio hay que aprender a escuchar la vida, y pocas escuelas enseñan tanto sobre el corazón de un pueblo como una mesa compartida alrededor de un café, una cerveza o un vino. Allí se descubre que Dios también prepara el camino de la misión en la sencillez de las conversaciones cotidianas.

Cuando las campanas vuelven a reunir al pueblo

En todos esos momentos hay un elemento que permanece constante: las campanas vuelven a convocar a la comunidad.

La Semana Santa posee una fuerza especial. En muchos pueblos las celebraciones son sencillas, alejadas del esplendor de las grandes ciudades. Precisamente esa sencillez permite descubrir la estrecha unión entre la fe y la vida cotidiana de quienes participan en ellas. El silencio de una procesión, una pequeña iglesia llena para la celebración de la Vigilia Pascual o el domingo de Resurrección, u otras devociones, expresan una fe que ha aprendido a caminar con discreción.

Lo mismo sucede durante las fiestas patronales. Cada pueblo tiene las suyas. Cambian los santos, las imágenes y las tradiciones, pero permanece el mismo deseo de reunirse alrededor de aquello que durante generaciones ha dado identidad a la comunidad.

Hay personas que quizá no hayan participado en una celebración religiosa durante todo el año y, sin embargo, ese día acompañan la procesión, entran en la iglesia donde fueron bautizadas o vuelven a cantar los himnos que aprendieron siendo niños.

Podría parecer únicamente una costumbre. Pero muchas veces es mucho más que eso.

fr-diego-rojas-articulo-3-3-noticia_imagenLa fe posee una extraordinaria capacidad para permanecer escondida bajo la superficie de la vida. A veces parece dormida durante años, hasta que un gesto, una imagen o una celebración despiertan recuerdos que permanecían silenciosos. He visto personas emocionarse al escuchar el repique de unas campanas. Nietos preguntando a sus abuelos por el significado de una antigua tradición. Padres tratando de explicar a sus hijos quién es el patrono del pueblo y por qué aquella fiesta sigue siendo importante para la familia.

En esos pequeños gestos se descubre que la fe no siempre desaparece. Muchas veces simplemente espera el momento adecuado para volver a hablar al corazón.

La religiosidad popular guarda un tesoro

Durante mucho tiempo algunos contemplaron la religiosidad popular con cierta desconfianza, como si fuera una expresión imperfecta de la fe. Sin embargo, el papa Francisco ha recordado que en ella existe una verdadera fuerza evangelizadora.
Las procesiones, las romerías, las novenas, las ermitas dispersas entre los campos o las fiestas patronales no son únicamente patrimonio cultural. Son espacios donde una comunidad conserva la memoria creyente de generaciones enteras.

En una sociedad marcada por la movilidad constante, estas celebraciones ofrecen algo que cada vez resulta más valioso: el sentido de pertenencia. No reúnen solamente a quienes comparten una fe; reúnen también a quienes comparten una historia. Incluso quienes viven lejos sienten que, al participar en ellas, vuelven a ocupar un lugar dentro de una comunidad que sigue reconociéndolos como propios.

Es cierto que existe el riesgo de que algunas tradiciones se reduzcan a un simple acontecimiento social o turístico. Ese peligro es real. Pero la respuesta no consiste en abandonarlas, sino en ayudarlas a recuperar su significado más profundo. Porque detrás de cada imagen hay una historia de fe. Detrás de cada canto hay una oración. Detrás de cada procesión hay generaciones enteras que aprendieron a caminar con Dios.

fr-diego-rojas-articulo-3-4-noticia_imagenActualizar la memoria

He comprendido que una parte importante de la misión consiste precisamente en ayudar a actualizar la memoria creyente de nuestras comunidades.

Actualizar no significa repetir el pasado ni conservar las tradiciones por pura nostalgia. Significa volver a descubrir el Evangelio que les dio origen. Ayudar a que quienes participan en estas celebraciones no solo recuerden lo que hicieron sus abuelos, sino que puedan preguntarse qué sigue diciendo hoy Jesucristo a través de esos mismos gestos.

La misión no consiste únicamente en organizar actividades nuevas. Muchas veces consiste en iluminar con una mirada renovada aquello que ya existe. Cuando una procesión vuelve a convertirse en anuncio del Evangelio, cuando una fiesta patronal fortalece la fraternidad entre los vecinos o cuando una celebración despierta preguntas de fe en las nuevas generaciones, la memoria deja de ser un simple recuerdo para convertirse en una experiencia viva.

La memoria cristiana no mira únicamente hacia atrás. Hace presente la acción de Dios en la historia y abre caminos de esperanza para el futuro.

fr-diego-rojas-articulo-3-5-noticia_imagenUn calendario de esperanza

Después llegará nuevamente el tiempo de la calma. Las familias regresarán a sus ciudades. Los niños volverán a la escuela. Los jóvenes retomarán sus estudios o su trabajo. El pueblo recuperará lentamente el silencio que lo acompaña durante buena parte del año.

Pero quien ha compartido esos días comprende que algo permanece. Cada Semana Santa, cada fiesta patronal, cada puente festivo o cada verano recuerdan que la comunidad sigue viva. Quizá no con la intensidad de otras épocas, pero sí con una fuerza silenciosa que merece ser cuidada.

He aprendido que el calendario de estos pueblos no se mide únicamente por las estaciones del año. También está marcado por esos momentos en que la comunidad vuelve a encontrarse. Cada uno de ellos actualiza una memoria compartida y recuerda que la vida de estos pueblos sigue latiendo.

A pesar de que muchos de los jóvenes que nacen y viven su infancia en el pueblo, emigran a las ciudades, en principio a estudiar, pero se quedan allí por mejores oportunidades laborales, hay otros que, regresan para quedarse después de culminar sus estudios o que simplemente no se van. Sus historias hablan de una esperanza discreta, pero profundamente real. De ellos quisiera hablar en el próximo artículo.

Fr. Diego Rojas, OP
Este artículo forma parte de una serie sobre la misión en la España rural · 3 de 6 

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