La misión viene a nuestro encuentro
Comienza una serie sobre la misión en la España rural. En esta primera entrega, Fr. Diego Rojas nos invita a cambiar la mirada y descubrir nuevas formas de comprender la misión

A partir del artículo La Misión en la España Olvidada, Belén Rodríguez, directora ejecutiva de Misioneros Dominicos - Selvas Amazónicas, me ha solicitado desarrollar con mayor amplitud la reflexión sobre la experiencia pastoral que he tenido desde septiembre de 2023 en la zona rural de la Provincia de Burgos desde la perspectiva de la misión. Agradezco su solicitud y la oportunidad de publicarlas en el espacio “Vivir la misión” de este blog.
A lo largo de 6 entregas pretendo transmitir, primero, cómo, aunque no busquemos la misión ella sale al encuentro. Posteriormente veremos que la crisis de fe no es un problema religioso solamente, sino humano y comunitario. Seguiremos con las fiestas patronales, Semana Santa y verano como momentos donde reaparece la comunidad. En un cuarto momento hablaremos de los jóvenes que resisten en el mundo rural. Continuaremos con los inmigrantes como signo de renovación inesperada, y finalmente y a partir de lo anterior se intentará actualizar un poco el concepto de misión.
La misión viene a nuestro encuentro
“Como el Padre me envió, así también os envío yo” (Jn 20,21).
“Dios viene a tu encuentro” o “Jesús sale a nuestro encuentro” son frases que uno escucha muchas veces en retiros, convivencias o encuentros vocacionales. De tanto repetirlas, podrían parecer simples eslóganes piadosos. Sin embargo, quien ha recorrido un poco el camino de la fe sabe que expresan una verdad profunda: Dios siempre toma la iniciativa. Él nos sorprende muchas veces allí donde menos lo esperábamos.
Durante mucho tiempo pensé la misión como algo que uno elige. Una decisión personal, en respuesta a una llamada que empuja a dejar la propia tierra para partir hacia lugares lejanos, hacia culturas distintas y horizontes desconocidos. Por eso nunca imaginé que terminaría descubriendo una manera nueva de vivir la misión en la España rural, entre pueblos pequeños, iglesias silenciosas y caminos perdidos del sur de Burgos.
Yo no busqué esta misión. La misión vino a mi encuentro
Cuando llegué a Caleruega, la tierra de Santo Domingo, traía conmigo una vida hecha en ciudades. Había vivido siempre entre calles llenas, ritmos acelerados y el movimiento constante de la vida urbana. Aunque desde niño me gustaban el campo y la naturaleza, nunca había vivido realmente en un pueblo. Mucho menos imaginé que sería precisamente allí donde comenzaría a comprender de otra manera el Evangelio.
Hay algo profundamente impactante en llegar a un pueblo de menos de 500 habitantes, o incluso alguno donde apenas quedan habitantes. Calles limpias y silenciosas. Casas cerradas durante casi todo el año. Una iglesia que no siempre permanece abierta porque ya casi nadie entra en ella. Bares que abren solo algunas horas. Personas mayores que sostienen, con admirable fidelidad, la vida que todavía resiste. Con suerte, algún niño pateando una pelota o recorriendo las calles en una bicicleta. En algunos lugares, basta caminar unos minutos para sentir que el tiempo transcurre de otra manera.
Con el paso de los meses, además de Caleruega, comenzaron a pedirme colaboraciones en pueblos cercanos: Arauzo de Salce, Arauzo de Torre, Peñalba, Quintanarraya, Doña Santos y otros pequeños lugares en la zona de transición entre la Ribera del Duero y la Sierra de la Demanda. Y allí empezó para mí un aprendizaje inesperado.
Son comunidades pequeñas que conservan con cariño y tesón sus tradiciones religiosas: procesiones, romerías, fiestas patronales, celebraciones que han pasado de generación en generación. Pero al mismo tiempo aparece una pregunta silenciosa: ¿cómo ayudar a que esas tradiciones no se conviertan solamente en costumbre o folclore? ¿Cómo ayudar a redescubrir en ellas la hondura del sentido teológico que las motiva o la fe sencilla que las sostuvo durante tantos años?
Al principio se piensa que uno viene a dar. Poco a poco comprendí que se viene más a escuchar y recibir
Porque en esta mal llamada “España vaciada” descubrí no solo una crisis demográfica, sino una periferia humana y espiritual. Aquí el abandono no se mide en falta de servicios o de oportunidades. Se percibe más en la sensación de invisibilidad, en la experiencia silenciosa de quienes sienten que el beneficio del progreso ha tanido algo de engaño.
Los mayores recuerdan la dureza de la vida de la posguerra y la transición a la democracia, cuando hubo hambre y penurias, sin agua corriente ni energía eléctrica. Y, sin embargo, cuando hablan del pasado, no recuerdan solamente las dificultades. Recuerdan también pueblos llenos de vida, escuelas con decenas de niños, muchos vecinos que se conocían y se acompañaban.
Hoy muchos de ellos contemplan cómo esos mismos pueblos se van apagando lentamente. Y, sin embargo, en medio de esa fragilidad, también aparece algo profundamente humano y espiritual.
Tal vez porque vengo de Hispanoamérica, hay cosas del campo burgalés que me resultan familiares. La dureza de la vida rural, ciertas formas de olvido institucional, las distancias, la necesidad de resistir con poco, recuerdan mucho a tantos lugares de nuestra América Latina. Pero aquí existe un elemento distinto: la soledad.
Una soledad honda y silenciosa
Tengo la fortuna de vivir en un convento grande y lleno de historia, en un pueblo que recibe bastantes visitantes. Incluso en los días más tranquilos siempre hay alguien con quien conversar o compartir un café en el bar, alma de la vida social de estos pueblos. Pero en poblados más pequeños he descubierto personas que pueden pasar horas, incluso días enteros, sin hablar con nadie. Sobre todo en invierno, cuando el frío y el silencio parecen envolverlo todo.
La soledad deja huellas profundas. En muchas personas mayores se percibe en la tristeza callada de quien siente que el mundo alrededor fue desapareciendo poco a poco: vecinos que murieron, hijos que emigraron, casas que quedaron vacías. Algunos viven sostenidos por recuerdos y pequeñas rutinas, mientras el silencio se vuelve compañero permanente. Pero esta realidad también alcanza a muchos jóvenes. Aunque tienen más movilidad y conexiones digitales, muchos experimentan la incertidumbre de sentirse atrapados entre el amor por su tierra y la falta de oportunidades para quedarse. La sensación de no poder construir un futuro en el lugar al que pertenecen termina generando desánimo, frustración y, muchas veces, una silenciosa sensación de desarraigo.
Y precisamente allí, donde parecería que todo se apaga, he descubierto una presencia de Dios distinta: más discreta, más silenciosa y también más profunda.
El silencio del campo se ha convertido para mí en un lugar teológico. Porque cuando desaparecen tantas distracciones y seguridades, quedan las preguntas esenciales: quién acompaña, quién escucha, quién permanece. Entonces cobran fuerza las palabras del Concilio Vaticano II: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo” (Ad Gentes, n. 2).
La misión, entonces, no es solo una actividad de la Iglesia: es su manera de existir en medio del mundo. La misión para el cristiano no es una actividad más dentro del repertorio de actividades religiosas; la misión es la actividad central del cristiano. Es la concretización del mandamiento del amor (Juan 13, 34-35).
Con los años he comprendido algo que antes intuía, pero que ahora experimento con más hondura: la misión comienza cuando dejamos de buscar lugares extraordinarios y aprendemos a mirar el sufrimiento cercano.
La misión dejó de ser para mí una idea heroica o lejana. Ya no la entiendo solamente como ir a tierras remotas para predicar. La misión también consiste en hacerse presente allí donde la esperanza parece debilitarse. Escuchar. Compartir la vida cotidiana. Acompañar la soledad. Reconocer la dignidad escondida de pueblos que el mundo parece olvidar.
En estos años he comprendido que la misión no siempre nos espera al otro lado del mundo. A veces nos sale al encuentro en el silencio inesperado de una pequeña iglesia rural.
Fr. Diego Rojas, OP
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