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El Blog de Misioneros Dominicos - Selvas Amazónicas

La Misión en la España Olvidada

Desde Caleruega, Fr. Diego Rojas reflexiona sobre la realidad rural

Blog Fr. Diego Rojas Misión España olvidada 1

Porque dice el Señor: vuestros caminos no son mis caminos (Cf. Isaías 55, 8-9), ya casi cumplo 3 años asignado a Caleruega, la cuna de Santo Domingo, en la zona rural de la Provincia de Burgos. Casi 3 años de muchas vivencias, de mucho aprender en el marco de la mal llamada “España vaciada”. Nunca, en ningún país de los que he vivido lo había hecho en la zona rural. Desde adolescente me ha gustado el campo, la naturaleza, el senderismo, pero siempre mi vida se desarrolló en la ciudad. A casi tres años de estar aquí, en la España olvidada, voy descubriendo una forma de misión insospechada, sin pedirlo y sin que me lo pidieran. 

Se ha hablado de que el secularismo y la crisis de fe en Europa iban a convertirla en “tierra de misión”. Que de las tierras que una vez fueron destinos de misión, habría que venir a volver a evangelizar el Antiguo Continente. Este postulado, tiene su dosis de buena intención, pero también de ironía. Ahora bien, lo que más tienes es una concepción reduccionista de lo que es la misión. 

blog-fr-diego-rojas-mision-espana-olvidada-3-noticia_imagenCuando se habla de misión y misioneros, inmediatamente se piensa en desplazamiento a tierras lejanas para ir a enseñar el Evangelio a quienes nunca han oído hablar de él. Personas valientes que lo dejan todo para ir a llevar la Buena Nueva a culturas desconocidas. Eso que después del Concilio Vaticano II se popularizó como misión ad gentes. Y está bien, esa es una forma de ejercer la misión. Pero la misión del cristiano y de la Iglesia no se reduce a ello. Desde los evangelios, especialmente Mateo 18,19-20, todo cristiano recibe la encomienda a dar testimonio de su encuentro con Jesús vivo y verdadero. Esa es la misión fundamental del bautizado. 

La doctrina, posteriormente, basada sobre todo en los Hachos de los Apóstoles y el testimonio de los primeros cristianos sistematiza mejor esa encomienda en tres elementos:  

  • Anuncio (proclamar el Evangelio, especialmente el Kerigma)
  • Comunión (formar comunidad)
  • Servicio (hacer visible el amor de Dios)

Básicamente lo que hizo Jesús en su vida pública. Por tanto, la misión para el cristiano es continuar lo que Jesús hizo: acercarse, anunciar y acompañar. Y para la Iglesia, no es una tarea entre otras, sino su razón de ser: salir al encuentro de todos, especialmente donde la fe parece haberse apagado. 

Y este es el punto, la fe y la esperanza parecen haberse apagado en España, y en particular en la España olvidada. No es solo asunto de iglesias vacías y una generación que no frecuenta sacramentos, ritos, es todo un drama social. En amplias zonas rurales de la Provincia de Burgos, el paisaje sobrecoge no solo por su belleza, sino por el silencio que lo habita. Calles limpias, casas cerradas, plazas donde apenas queda el eco de lo que un día fue vida compartida. No es un silencio buscado, sino acumulado con los años, fruto de despedidas que no tuvieron relevo. Aquí la soledad no es solo una emoción: es una condición estructural. Faltan servicios, sobran distancias, y la vida cotidiana se vuelve más frágil. En muchos pueblos, en especial los más pequeños, la vida transcure entre rutinas repetitivas, pocas oportunidades de encuentro y días enteros sin hablar con nadie.

Muchos mayores sostienen el pulso de estos pueblos, cargados de memoria, pero también atravesados por la experiencia de ver cómo el futuro parece marcharse por la misma carretera por la que un día se fueron sus hijos. Y, entre todo ello, hay también jóvenes que quisieran quedarse, que sienten arraigo y pertenencia, pero que no encuentran oportunidades reales para construir su vida: ni empleo estable, ni proyectos viables, ni horizontes que les permitan imaginar un futuro sin tener que irse. Sus sueños se truncan por decisiones tomadas lejos, por poca visibilidad mediática y  sensación de quedar fuera del progreso. 

blog-fr-diego-rojas-mision-espana-olvidada-2-noticia_imagenEn este contexto es donde encuentro mi misión. Porque en medio de esa aparente ausencia, empiezan a aparecer nuevos rostros: inmigrantes que llegan buscando trabajo, estabilidad o simplemente un lugar donde recomenzar. Su presencia introduce vida en escuelas que estaban a punto de cerrar, voces distintas en calles acostumbradas al silencio, gestos nuevos en comunidades muy marcadas por la tradición. Traen esperanza, pero también plantean retos reales: integración, diferencias culturales, necesidad de generar vínculos más allá de la mera convivencia. 

Hay, además, tiempos en los que estos pueblos parecen despertar de su letargo. Durante las fiestas patronales, la Semana Santa o los meses de verano, regresan los abuelos ausentes, o se recibe la visita de los hijos y los nietos de quienes permanecen todo el año. Las casas se abren, las calles recuperan risas, y la vida vuelve a circular con una intensidad distinta. Muchos llegan buscando descanso, pero también algo más profundo: reencontrarse con sus raíces, recuperar tradiciones, reencontrarse con los amigos que lo son por compartir verano tran verano, volver a una fe que quizá en la ciudad permanece dormida. En esas celebraciones, entre procesiones, encuentros familiares y gestos compartidos, se vislumbra una esperanza concreta: la de una comunidad que, aunque dispersa, no ha desaparecido del todo.

Como sugiere Fratelli Tutti, no basta con coexistir; es necesario construir fraternidad. En estos pueblos, esa tarea se vuelve concreta y cotidiana: aprender a reconocerse, a acogerse y a caminar juntos. Porque la España olvidada no está del todo vacía; está en proceso de transformarse, sostenida por presencias fieles, por jóvenes que resisten entre el deseo y la incertidumbre, y por llegadas que, aunque discretas, abren caminos nuevos. Acompañar estos procesos, iliminarlos con la fe, eso es misión.

Fray Diego Rojas, OP
Artículo publicado previamente en La Llama