Soy dominico porque me gusta
Fr. Pedro Rey, OP, reflexiona sobre el carisma dominicano desde su experiencia de misión entre los pueblos indígenas de la Amazonía peruana

Muchas veces he reflexionado sobre el carisma dominicano y nunca he llegado a una conclusión qué es. Por tanto, no lo puedo definir. Cuando creo que lo tengo definido se me escapa, ya no es lo que yo creía.
Pero soy dominico y no podría ser de otra Orden Religiosa.
¿Qué es lo que me define? También pienso que el carisma o espiritualidad dominicana no andan por ahí volando o puestos en una vitrina para nuestra admiración. Pero soy dominico y hay algo que me define como tal, aunque no lo pueda definir. Hay una experiencia mística, vivencial, que es indefinible, porque siempre está en movimiento y dando vida según las circunstancias en que se vive. Carisma o espiritualidad se vive y es indefinible porque es la experiencia humana de lo divino. Cuando definimos las cosas, en cierta forma las limitamos y no dejamos que evolucionen. De ahí que tenemos que estar mirando y escuchando la realidad donde vivimos, para no quedarnos en conceptos abstractos alejados de la realidad humana.
En mi vida pastoral entre los indígenas del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado en Perú, pude comprender su religiosidad, su mundo invisible que siempre está en movimiento. Me interesé mucho por sus creencias y mitos. Cuando me contaban sus mitos (lo hacían de una forma muy reservada porque era entrar en la órbita de lo sagrado; yo, también, les contaba los míos) podía ver que cada uno lo contaba de distinta manera, aunque sí había algo común. Lo contaban de acuerdo a su realidad de vida, por eso lo sagrado influía tanto en su vida.
El mito siempre está en su memoria y en movimiento. La verdad en movimiento no es estática. No he visto que todos hablen del mito de la misma manera, le dan su matiz según sus circunstancias, según su vida. Cuando se puso por escrito, perdió vida, quedó desencarnado. Y digo esto, porque he experimentado que debo tener mucho cuidado cuando defino algo. Me enseñaron a vivir en un devenir constante. Todo está en movimiento y hay que meterse en esa dinámica. Algo muere y nace al mismo tiempo.
Es importante ver su religiosidad que les ha mantenido de por vida. Debemos contar con sus mitos y sus formas de vida. En los mitos hay enseñanza, hay mensaje, son su biblia. La pastoral era una en conexión y continuación con su religiosidad. Esto sería encarnación del Evangelio, que descubran que el Evangelio está en su historia. En sus mitos hay alguien que salva.
Cuando leemos los mitos de los indígenas nos pueden causar risa y nos puede parecer un cuento fantástico. Sin embargo, son cosas muy serias, porque esos mitos les dan identidad a ellos y reflejan la experiencia que tienen de lo divino.
El mito explica la realidad de la vida, se adapta a ella y se convierte en religión y creencia, cuando da una explicación trascendente, cuando trata de explicar la historia como un actuar de Dios.
Y vamos a lo del carisma. Mi vida fue un descubrir la verdad encarnada en ellos y mostrarles mi experiencia de Dios encarnado en Jesucristo que siempre estuvo con ellos. Esto no es enseñar verdades eternas, sino el amor de Dios que se encarna diariamente en el ser humano. No puedo dar una definición de mi carisma dominicano, sino mostrar mi experiencia del Evangelio encarnado. Vivir de verdades, pienso que no nos compromete, pero vivir la experiencia mutua nos enriquece y compromete. Esto siempre en dinamismo (es lo que más me costaba) porque me exigía estar siempre escuchando y aceptando la verdad de la otra persona. He leído libros de antropología, teología, pastoral, etc. y saqué buenas conclusiones de ellos
pero el libro que más me ha costado leer es el libro de la escucha y su aceptación como tarea, ya que es fácil quedarnos encerrados en los conceptos.
Esto suscita preguntas en las personas a las cuales nos dirigimos y, quizás, por orgullo “teológico” no las respondemos o nos creemos superiores.
Yo soy dominico porque me gusta ser dominico. Porque me gusta la persona y vida de Santo Domingo, juntamente con toda la tradición dominicana. Y en la experiencia mística de Santo Domingo y de Jesús de Nazaret he tratado de moverme en la pastoral indígena.
Una vez le pregunté a una señora, enfermera y misionera, que trabaja con nosotros: por qué se había hecho enfermera y no doctora, ya que era muy inteligente y con capacidad económica. Me contestó que “mi papá quería que fuera doctora, pero a mí me gustaba ser enfermera”. Ese “me gusta” es el carisma que define mi identidad dominicana. Es un “me gusta” que siempre me está gustando, que trasciende el tiempo y se hace presente cada día. Una experiencia no definible, una experiencia de fe no separable de la experiencia humana que se vive dentro del tiempo. ¿Y eso qué aporta? Salir al encuentro del otro para caminar juntos, despertar y animar la experiencia que Jesús nos transmite de su Padre Dios.
Fr. Pedro Rey, OP
La Virgen del Camino, León


