San Martín de Porres: servir con humildad, amar sin medida
(1579-1639) Desde las tareas más humildes del convento hasta el cuidado de los enfermos y la ayuda a los más pobres, San Martín hizo del servicio el centro de su vida

Discriminado por su origen
Hijo de un caballero español y una mujer negra de Panamá, Martín era un mulato de piel oscura. En la ciudad de Lima (Perú), en el siglo XVI, esto significaba sufrir una cruel discriminación. Los mulatos eran rechazados, no solo por los españoles, sino también por los negros y los indígenas, pues ninguno los consideraba miembros de su grupo étnico. Aun siendo un mulato libre, hijo de un caballero español, Martin vivía en un sistema de castas diseñado para que nunca pudiera gozar de plenos derechos o salir de la pobreza y la servidumbre.
Donado al convento
Como no podía ser fraile, entró al convento de Nuestra Señora del Rosario como “donado”. Esto significa que ocupaba el escalafón más bajo en la jerarquía conventual y estaba destinado a la servidumbre, realizando tareas que muchos consideraban humillantes, como la limpieza de letrinas y celdas, trabajar en la cocina, la lavandería o los huertos, ayudar en
la enfermería, atender la portería y salir a pedir limosna para la orden. Usualmente llamamos a Martín “fray escoba”, pero no siempre comprendemos la dureza de las tareas que le tocaba realizar.
Servidor desde la alegría
Quisieron imponerle una servidumbre humillante y él decidió convertirse en un servidor alegre. Los testimonios de su beatificación insisten en que cuidaba amorosamente a los enfermos y los pobres sin importar si eran indígenas, españoles o negros. Realizando las tareas que le habían asignado, vivió heroicamente la entrega servicial de Cristo. Se dice que recibía a todos con amabilidad y alegría y que siempre estaba dispuesto a ir a donde se le necesitara. Cuidar de las personas vulnerables y hacerlo con gozo auténtico era la forma de vida de Martín.
Caritativo con los más pobres
Son muy conocidos y celebrados los esfuerzos de Martín por alimentar a los pobres e indigentes que se agolpaban a las puertas del convento. Pero no se limitó a entregar lo que lograba recolectar o lo que sobraba en el convento, sino que creó un sistema de asistencia social organizada, continua y sostenible, gracias a lo que él llamaba la “limosna fija”, que había pedido a los nobles, los comerciantes y las autoridades de Lima (incluido el Virrey). Esto le permitió, no solo distribuir alimentos a los pobres sino, además, financiar otros proyectos como el Colegio de la Santa Cruz y un asilo-escuela para huérfanos.
Sanador al servicio de la vida
Martín comenzó a formarse como aprendiz de barbero-cirujano a los 12 años. Desde la Edad Media y hasta el siglo XVIII, en casi todo occidente, las pequeñas cirugías como coser heridas, extirpar tumores superficiales, cortar hernias, sacar muelas y otras, eran realizadas por quienes ya eran diestros en el manejo de navajas: los barberos. Como eran verdaderos profesionales de la salud, tenían conocimientos de medicina natural y farmacología. Martín siempre puso sus conocimientos al servicio de los enfermos, ya fuera en el hospital conventual o a donde lo llamaran. Es muy conocida su frase: “yo te curo, pero Dios te sana”.


