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El Blog de Misioneros Dominicos - Selvas Amazónicas

Machetes de sol a sol. Dignidad robada

El fotoperiodista Luigi Baldelli escribe este testimonio tras compartir varios días con la misión de los Dominicos en El Seibo, República Dominicana junto a Fr. Miguel Ángel Gullón

Bracero caña de azúcar en el seibo República Dominicana

El trabajador haitiano, conocido comúnmente como «bracero», se inclina bajo el sol abrasador, dedicado a realizar de forma mecánica siempre el mismo movimiento: levantar el brazo con el machete y golpear la caña de azúcar en la base. El sonido de la lámina larga y afilada al golpear las cañas de azúcar es sordo y profundo. Su frente está cubierta de gotas de sudor y su respiración es entrecortada. La producción de azúcar es uno de los principales sectores de la economía dominicana, con alrededor de un millón de toneladas al año. Los campos de color verde esmeralda se extienden hasta donde alcanza la vista. Kilómetros y kilómetros de cañas que se mueven ligeramente con el soplo del viento. La cosecha se realiza totalmente a mano y los trabajadores son todos haitianos indocumentados, vestidos con harapos, manos callosas, botas de hule en los pies y ojos totalmente apagados. Un trabajo agotador por un salario de miseria que ronda los 150 euros mensuales, trabajando siete días a la semana durante 12 horas al día. A día de hoy se estima que unos 200 000 haitianos indocumentados trabajan en las plantaciones de caña de azúcar y, sin ellos, el cultivo sufriría un colapso total por la falta absoluta de mano de obra barata.

trabajador-cana-de-azucar-republica-dominicana-2-noticia_imagenLo mismo ocurre en otros sectores, desde la agricultura hasta la construcción y el turismo, lo que eleva el número total de migrantes indocumentados a unos 700 000. Pero se trata de estimaciones aproximadas, ya que el flujo de haitianos hacia la República Dominicana es continuo y constante. Las precarias condiciones de vida en Haití, la violencia constante y feroz entre las bandas criminales que se disputan el país, la inseguridad alimentaria y la inestabilidad política empujan a muchos hombres, mujeres y niños a cruzar la frontera y buscar un futuro ilusorio que imaginan mejor que el de su país de origen, en esa parte de la isla conocida en todas partes por el turismo, sus playas y el mar cristalino. Pero es una pura ilusión, porque la vida de un haitiano en la República Dominicana siempre ha sido una vida de esclavitud: trabajos extremadamente mal remunerados, falta de los derechos humanos más elementales, vivienda en casas en ruinas, falta de ciudadanía para los niños que nacen en este lado de la isla, lo que los convierte en apátridas, xenofobia y racismo constante (se les llama despectivamente «negro» o «congo»).

bracero-cana-de-azucar-republica-dominicana-noticia_imagenPero si todo esto ya era difícil de soportar, la situación ha empeorado en los últimos años, convirtiendo la vida de los haitianos en un infierno. La nueva política del gobierno dominicano es de represión total hacia los migrantes. En 2022, el presidente dominicano, Luis Abinader, para detener a los migrantes, ordenó la construcción de un muro de 160 kilómetros a lo largo de la frontera entre ambos países y, en marzo de 2024, declaró en el programa Hard Talk de la BBC: «No detendremos las deportaciones a Haití ni autorizaremos campos de refugiados en nuestro territorio», mientras que, desde abril de 2025, el mismo presidente ha promulgado más de 15 medidas para contrarrestar el flujo migratorio, con la consecuencia de que más de 200 mil haitianos solo en el último año, incluidos muchos menores de edad, han sido detenidos por la policía y trasladados a la frontera. Todo ello encubierto con motivos que van desde: proteger a la población dominicana de la violencia de las bandas haitianas, del contrabando de drogas y de personas, creando un clima de terror y de caza humana, con la consecuencia de que los haitianos vivan con el miedo constante de ser capturados. Al no tener ningún documento de identidad dominicano (casi imposible de obtener), la policía recorre las ciudades en busca de los indocumentados y, una vez identificados, son subidos a la fuerza y con violencia a las camionetas. Algunos logran recuperar su libertad pagando sobornos a la policía, que se deja corromper por unos 200-300 euros. Pero para muchos, el destino está sellado con la detención y el posterior traslado a la frontera. Una represión que se ha extendido incluso a los hospitales, obligados a denunciar a los migrantes irregulares que acuden en busca de cualquier tipo de atención médica, hasta tal punto que las mujeres haitianas, por miedo a ser detenidas, se ven obligadas a dar a luz en sus casas, con todos los riesgos que ello conlleva.

la-camiona-en-el-seibo-enero-2026-noticia_imagenVarias asociaciones laicas y religiosas han denunciado la violación total de los derechos humanos, con detenciones arbitrarias e indiscriminadas, basadas únicamente en criterios raciales. La realidad de la situación de los haitianos se hace palpable al visitar los campos de caña de azúcar y los bateyes, aglomeraciones de casas en ruinas en medio de las plantaciones donde viven los inmigrantes, lejos de la ciudad y sin ningún servicio. Lugares donde se comprende que las medidas contra los haitianos no son más que una forma de someter y subyugar aún más a los inmigrantes. Si los hombres comienzan a trabajar a las 5 de la mañana, sin parar nunca durante 12 horas, cortando la caña y cargándola en grandes remolques de metal tirados por bueyes, un trabajo agotador, de esclavos, la mayoría de las veces realizado en silencio y esperando solo que llegue pronto el final del día, en los bateyes solo quedan las mujeres, los ancianos y los niños. Muchos de estos centros cuentan con agua corriente desde hace poco, mientras que la electricidad es prácticamente inexistente, hay pocas escuelas y ningún centro médico. En ambos casos, una mezcla de resignación y sumisión impregna el ambiente. Pero, por absurdo que parezca, son los únicos dos lugares seguros para los migrantes, donde la policía no llega. Se han convertido en el único entorno donde tienen la certeza de que no serán detenidos.

cana-de-azucar-noticia_imagenMe encuentro con el fraile Miguel Ángel Gullón Pérez, teólogo asturiano de la orden de los dominicos, que vive en la isla desde hace más de 25 años. Director de la radio comunitaria Radio Seibo, lucha por los derechos humanos de los campesinos y braceros haitianos desde hace más de 20 años. «Ahora, para los migrantes haitianos, a la falta de derechos humanos y dignidad se ha sumado una condición psicológica: el síndrome de Estocolmo», me dice con voz tranquila pero decidida, la mirada serena y los brazos cruzados. «Los braceros y sus familias, ante el peligro de ser deportados, se defienden refugiándose en las prisiones a cielo abierto que son los bateyes, porque están demasiado lejos de la ciudad, pero sobre todo porque arrestar y deportar a los cortadores de caña de azúcar de sus asentamientos significaría eliminar una mano de obra barata y totalmente sometida, útil para las dos grandes empresas privadas azucareras del país, la Central Romana y el Grupo Vicini». Para confirmar estas palabras y su realidad existencial, me detengo a hablar con Elien, una joven madre que vive en un batey. Está sentada frente a su pequeña casa, digna y limpia a pesar del moho en las paredes y el techo, las paredes descascaradas y el piso de cemento. Hay un dormitorio con una pequeña ventana donde duermen ella, su esposo y sus dos hijas pequeñas, y una cocina con una mesa torcida y varias ollas colgadas en la pared. Está envuelta en un vestido verde y lleva el cabello recogido con un pañuelo que ha visto días mejores. «Lo que más deseo es tener la cédula dominicana, para poder finalmente andar libre y sin miedo. Pero es prácticamente imposible conseguirla. Ahora no puedo ir a ningún lado, no puedo trabajar, estoy viviendo como una presa. Vivir así es un infierno».

Luigi Baldelli, fotoperiodista
Traducido por el P. Karlian Vale, Pontificia Comisión para América Latina