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El Blog de Misioneros Dominicos - Selvas Amazónicas

CONFIDENCIAS DE UN MISIONERO VETERANO (I)

Cómo nace una vocación misionera

Abrazando la comunidad

Mi nombre es Fernando, soy fraile dominico y llevo 48 años en América Latina. Deseo compartir estas confidencias, en tres entregas, a los voluntarios y simpatizantes de Misioneros Dominicos – Selvas Amazónicas en agradecimiento por su colaboración en la tarea evangelizadora que conjuntamente llevamos en diversas Iglesias Locales más allá de la Península Ibérica.

Cómo nace una vocación misionera.

Ciertamente el origen se encuentra en Dios que nos pensó a cada uno, fruto de su amor, y de forma única e irrepetible. No podemos prescindir, tampoco, de las causas segundas: la realidad y las circunstancias que nos depara de la vida. Nací en el seno de una familia profundamente cristiana. Tuve el amor de mis padres. Fuimos nueve hermanos que crecimos en un ambiente sano a pesar de las dificultades de la posguerra. En mi niñez sufrí la frustración por el fracaso escolar debido a mi espíritu introvertido y por la debilidad de mi atención y memoria. En contraposición, como fortaleza, se fue acentuando en mí la dimensión religiosa.

Eucaristía comunidad ParaguayIngresé al seminario menor de Vic, mi ciudad natal, con la aspiración de ser sacerdote. Puse todo mi empeño en superar la deficiencia de mi aprendizaje con muy escasos rendimientos. En mi angustia, encontraba sosiego en los ejercicios de piedad y una ferviente devoción a María. Al cabo de tres años se determinó mi incapacidad para los estudios y el abandono del Seminario. Se frustró mi ilusión de ser sacerdote, y surgió entonces la propuesta de la vida religiosa. Sería toda la vida un sacerdocio permanente en virtud de la consagración bautismal. La idea me venía en primer lugar, por la influencia de mi padre. Él concibió la vida cristiana laical como participación del sacerdocio de Cristo por el bautismo. No sé de dónde sacó esa idea en aquella época previa al Concilio Vaticano II. Posiblemente estaba muy atento a las corrientes que emergían de una nueva teología.

Fui bien aconsejado por mi director espiritual en el discernimiento acerca de la congregación que mejor convenía a mi modo de ser y de sentir. Acompañado por mis padres, solicité el ingreso a la escuela apostólica que los dominicos tenían en Cardedeu, con intención de profesar como hermano cooperador. Allí experimenté un ambiente de libertad, de respeto, de ilusión, que fortalecía la fragilidad de mi natural. Mi espiritualidad se fue centrando en Cristo y el carisma dominicano. Después del postulantado y el noviciado hice la profesión, y en los tres años siguientes se fue afirmando mi vocación con la convivencia comunitaria, la liturgia, el trabajo en la granja del convento y la lectura espiritual.
Libro de Fernando Solá

Fui asignado al Colegio Cardenal Xavierre de Zaragoza, Fue una etapa de crecimiento humano y de superación de varias lagunas que dejaron las etapas anteriores en mi desarrollo intelectual. Se despertaron dotes pedagógicas que yo mismo ignoraba. Viví intensamente la renovación del Concilio Vaticano II, muy concretamente a través de los cursos de actualización que ofrecía el Centro Arquidiocesano de Teología. Tuve la oportunidad de prepararme en Catequesis y desarrollar mis habilidades, en ese campo, especialmente en la pastoral de primera comunión.  
 
En los últimos años de mi asignación a la Comunidad de Zaragoza, fue surgiendo en mi interior la inquietud por la dimensión misionera. Soñaba con la misión que la antigua Provincia de Aragón tenía en Guatemala. Mientras maduraba esta inquietud, el Provincial me fue orientando hacia la misión de Panamá donde los dominicos colaboraban en la implantación de una pastoral inspirada en las orientaciones del Vaticano II en una zona de la arquidiócesis que se conoció como Vicariato de San Miguelito. Fui enviado a esa misión. Me entusiasmó la oportunidad que me daba mi condición de hermano cooperador de privilegiar la evangelización a la sacramentalización –sin excluirla- lo cual se daba en las comunidades Eclesiales de Base implantadas en la misión de Panamá. Considero que la identidad del Hermano Cooperador no ha de entenderse como cooperador de los hermanos clérigos, sino cooperador en la Predicación que les es común a unos y otros por el carisma dominicano. El concepto de cooperador en la Predicación ya es una diaconía, y equivale, en el estado religioso, lo que el diaconado en el orden jerárquico. Su condición lo habilita sobradamente para una misión pastoral. Con mucha alegría y no sin temor ante lo desconocido, vine a América Latina.
 
                                                                                                          Fr. Fernando