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El Blog de Misioneros Dominicos - Selvas Amazónicas

Al fin llegamos a casa: un año para aprender a ser hermanos

El 5 de septiembre, siete jóvenes realizaron su primera profesión religiosa en Sevilla. Fray Guillermo Seguí vuelve la mirada al año de noviciado que compartieron y que terminó convirtiéndolos en hermanos

Primera profesión en Sevilla sep 2026 -  Pablo, Liosdany, Eddy, Dario, Guillermo, Javier, Johan

Este sábado 5 de septiembre, en Sevilla, hicieron su primera profesión religiosa en la Orden de Predicadores seis novicios de la provincia de Hispania, a los que se sumó un séptimo de la provincia del Rosario, que profesó al día siguiente en Madrid. En total, siete novicios llegados de siete tierras de misión distintas, unidos por un mismo amor. Me parece un buen momento para recordar lo vivido en ese año de noviciado compartido.

Antes de subir a ese avión que me llevaba a Sevilla, un amigo me clavó una frase justo en el medio del pecho, no sé si para cuidarme o para asustarme: «se juntan sin conocerse, viven sin amarse, mueren sin llorarse». Voltaire, burlándose de los frailes de su época. Y ahí quedó la frasecita, dando vueltas en el esternón como una piedra en el zapato. Porque tenía miedo, vaya que lo tenía, ¿cómo no iba a tener miedo? Dejaba todo lo conocido, todas las seguridades bien guardaditas, para descubrir capaz que al final el francés tenía razón y que uno se junta, y ya está, y no pasa nada más.

primera-profesion-en-sevilla-sep-2026-pablo-liosdany-eddy-dario-guillermo-javier-johan-2-noticia_imagenY tenía sentido tener miedo. Yo no conocía a los tipos con los que iba a compartir la vida entera de ese año y a los que se suponía que tenía que llamar «hermanos». Siete tipos, siete rincones del mundo, todos convencidos de que Dios nos había señalado con el dedo. Decilo en voz alta: suena a locura. Es una locura.

Las flores favoritas de Pablo eran los gladiolos, las mías las del almendro, ¿y a quién le importan las flores de otro? Darío hablaba fang, Eddy malgache, Javier guaraní, y entre los tres no llegaban a pedirme la sal. Leo sintió el llamado jugando a la pelota de niño, mismo llamado que Pablo dice haber sentido mirándose en un espejo en un retiro. Johan enseñando spinning mientras yo ni siquiera se andar en bici. ¿Cómo íbamos a llevarnos bien? Decime. Si Eddy es poeta y yo cuentacuentos. Si Leo se pone zapatos negros con el hábito y yo las botas de siempre. Si Javier toma mate frío y a mí se me hiela el alma con eso. Si Pablo convierte cada canto en oración y yo apenas le acierto al «arroz con leche». Si Darío le habla a las plantas cuando las poda y yo las mato con solo mirarlas. Si Johan cuida hasta el último detalle de una celebración y yo todavía visto de verde el altar de un mártir sin darme cuenta. Puede ser que Voltaire tuviera toda la razón del mundo.

Y sin embargo, se equivocó. Nos juntamos. Nos conocimos. Aprendimos, con la ayuda de Dios y la de los hermanos, a querernos. Y un día bajamos la guardia lo suficiente como para llorarnos en cada despedida.

Porque no tengo la alegría de la sonrisa del malgache, ni el celo apostólico del paraguayo, ni la pasión por el estudio del cubano, ni la oración musical del madrileño, ni el amor a la liturgia del venezolano, ni la calma en la voz del guineano. No tengo nada de eso para ofrecerles a estos hermanos que me dieron tanto sin pedirme nada a cambio. Tengo un amor que no sé de dónde salió y una gratitud que no me entra en el cuerpo hacia el Dios que nos juntó. Cristo, que se hizo humano para enseñarnos a ser humanos. Que se hizo hermano para que aprendiéramos a ser hermanos.

primera-profesion-en-sevilla-sep-2026-pablo-liosdany-eddy-dario-guillermo-javier-johan-3-noticia_imagenSoy cada carcajada en la sobremesa del refectorio. Soy cada tarde de estudio compartido antes de un examen que daba miedo. Soy cada padrenuestro que me rezaron sin que yo lo supiera, justo cuando más lo necesitaba. Cada trocito nuestro juntado a mano por Dios, que armaba, sin avisarnos, algo nuevo con nuestros pedazos rotos. Los veo. Los conozco. Los amo. Y cada tanto, gracias a Dios, cada tanto, lo soy.

Ahora sí, ¡que usen los zapatos que quieran usar!, ¡que hablen el idioma que quieran hablar!, ¡todo eso dejó de importar! hace rato dejó de importar. Dejó de importar desde el momento en que mi corazón, ya un poco gastado y herido, se dio cuenta de que podía bajar la guardia y ser quien es. Porque estaba a salvo. Porque estaba en casa.

Estamos en casa, muchachos. Al fin llegamos a casa.

Fray Guillermo Valentín Seguí Madera, OP