La Virgen de los Treinta y Tres, madre mía y madre tuya
Este 8 de noviembre celebramos a la patrona del Uruguay a través de una historia de fe y esperanza que nos comparte fray Guillermo Seguí

Si a finales de diciembre uno se pasa por el Shopping, en la ciudad de Montevideo, se encontrará con una larga fila de niños y adultos con cara de ilusión, dando pequeños saltos a medida que la fila avanza. ¿Qué hay al final de esa espera? ¿Qué misterio puede lograr que tantos pequeños ejerciten la paciencia de esa forma? Resulta que, si logran sobrevivir a la espera, serán recompensados con un encuentro con Papá Noel. Ahí podrán sentarse en sus rodillas y contarle los deseos que esperan para Navidad.
Pero aún falta para eso. Lo que está a la vuelta de la esquina es el 8 de noviembre, cuando en Uruguay se celebra la fiesta de la Virgen de los 33. Y a estas alturas del relato ya habrá surgido la pregunta: ¿qué tiene que ver el Papá Noel del centro comercial con la Patrona del Uruguay? Prometo que hay una buena explicación.
En la parroquia Santísima Trinidad se celebraba el cumpleaños de un hermano. Entre los invitados que compartían la vida y el asado, me llamó la atención un hombre grande, de larga barba blanca y rostro casi colorado, un rostro que ya había visto antes en alguna parte. A medida que me acercaba, me di cuenta de que era el mismísimo Papá Noel quien estaba sentado a la mesa, conmigo.
—No sabía que Papá Noel fuera amigo de un fraile —le dije.
La mujer que estaba a su lado sonrió y me contestó:
—Él es un Papá Noel especial, uno que le dice a la gente que le rece a la Virgen de los 33.
Fue una larga charla la que tuvimos esa noche. Pero de tantas historias, en mi memoria hay una que todavía resuena como un estribillo. Una historia no de una niña, sino de una madre. Una madre desesperada que buscaba en cualquier parte un milagro, alguien, quien fuera, que le devolviera la esperanza. Por esas casualidades de la vida, por «dioscidencia», acabó en la fila del Shopping.
Para no alargar la historia, digamos que alguien le dijo a esa madre que había otra madre. Una que la iba a entender porque sabía que, muchas veces, las mamás aman hasta que duele. Y le dijo que fuera a verla, que no se preocupara. Esa persona sacó de su traje rojo una estampita de la Virgen de los Treinta y Tres y la puso en las manos de esa mujer. Ella se miró las manos y no supo decir quién sostenía a quién en ese momento.
El último día antes de Navidad, cuando el centro comercial ya apagaba sus luces, un rostro familiar con lágrimas en los ojos y una sonrisa en el rostro se puso al final de la fila. Tenía una estampita en las manos y una gratitud que no le entraba en el pecho.
—¿Ves? —me dijo Papá Noel, con los ojos cubiertos de un velo húmedo, mientras me contaba esa historia—. ¡Yo sabía que
la Virgen no la iba a defraudar!
¡Cómo la iba a defraudar! Si lo que salva a las personas no es el agua de Lourdes, ni caminar hasta Fátima, ni la estampita de la Virgen de los 33. Lo que salva a las personas es la fe. Fe en que Dios se hizo hombre y tuvo una madre, y en que esa madre irá al auxilio de sus hijos las veces que haga falta para verlos felices. Nuestra madre siempre irá a buscarnos, en el agua, en el camino o en una estampita, para curarnos las rodillas si nos fuimos al piso y para sonarnos la nariz si estamos cansados de tanto llorar.
Por favor, si a finales de diciembre pasan por el Shopping, en la ciudad de Montevideo, pónganse al final de la fila y esperen, como niños esperanzados, a que un señor de larga barba blanca les hable de la madre del Uruguay. Madre mía. Madre tuya.
¡Viva la Virgen de los 33!
Fr. Guillermo Valentín Seguí Madera, OP


