Las Comunidades Cristianas Campesinas de Quillabamba celebran 50 años de historia
Fr. Joel Alonso Chiquinta, OP, recuerda su paso por estas comunidades y agradece todo lo que ha aprendido junto a ellas

Una de las cosas que todo dominico no podrá olvidar en su paso por la eterna Quillabamba es el trabajo con las Comunidades Cristianas Campesinas.
La primera comunidad que conocí, allá por el 2018, fue la de Echarati. De hecho, un par de horas después de haberme bajado del torito (mototaxi) que me trajo a la Plaza de Armas, un 26 de febrero, yo ya estaba en esa comunidad, invitado por mi hermano Luis Ricardo. Recuerdo esa misa: era la despedida de la famosa hermana Teresinha, catequista franciscana. Las familias le echaban flores con tan tiernas y sentidas palabras, mientras ella intentaba contener las lágrimas para que el escenario no fuese más melancólico de lo que ya estaba. Eran los comuneros y su asesora hechos comunión, familia, unidos por Dios.
A la siguiente semana, entrando marzo, el párroco convocó a la comunidad de sacerdotes, religiosas, misioneras seglares y algunos laicos a una reunión donde se planificarían las visitas. Fray Vicente venía con sus hojas de rutas calendarizadas y ya organizadas, solo faltaba precisar quién iría con quién a dónde. Se me hizo un mundo conocer tantos nombres nuevos (eran más de 50) mientras se iban recordando las anécdotas de las visitas y las características de las comunidades. Era la Iglesia-Madre, preocupada por cómo iba a atender a sus hijos e hijas. Yo era diácono, entonces, y mi consigna era acompañar con mi guitarra a las misas que pudiera, mientras que me iba adaptando al conocimiento de las comunidades. Me fui enterando de que las Comunidades Cristianas forjaron lo que hoy conocemos como "las parroquias" de la zona de La Convención, especialmente las del Alto Urubamba. Que los misioneros y misioneras llegaban, en sus heroicas rutas, hasta Santa Teresa o Vilcabamba, hasta Quellouno y Occobamba, hasta Koribeni e Ibochote; el buen Fray Rufino data muy bien esta historia.
La dinámica del trabajo de las comunidades tenía sus tradiciones particulares: la de los consejos, las asambleas, los cursos de formación y las visitas pastorales. Las de Quillabamba se dividían en cinco zonas (cuando Echarati era zona tres), pero se preveía que algunas pasarían de ser comunidades campesinas a comunidades urbanas, como pude ver de cerca el caso de Macamango o Pintobamba... y el mismo Echarati, que fue oficializada como sede parroquial en el año 2023. Recuerdo los encuentros en la Casa de Retiros Santa Ana, en que se cerraba la puerta para que los comuneros evitasen escaparse, los almuerzos y comidas en el espacio del comedor, los trabajos grupales y el siempre deseo de que el trabajo hecho con sacrificio durante décadas no se apague con la llegada de la urbanidad y la modernidad. De esto último se habló en varias oportunidades, y todavía recuerdo lo que pronunció Fray Luis Ricardo en una asamblea:
"Las comunidades no morirán si ustedes están para sostenerlas"
Dicen que los padres no tienen hijos preferidos, pero es imposible no citar algunas de las comunidades de las que me encariñé más. En primer lugar, Cacaopampa. Cómo olvidar esas misas que eran reales encuentros, y dejábamos pasar el tiempo, al punto que el carro bocinaba después de llegar de Esmeralda, y nosotros no llegábamos ni al "Santo" de la Misa. Cómo olvidar Quebrada Honda y el cariñoso café que nos preparaba Prisca en compañía de su querido Leoncio. Cómo olvidar las misas de la Virgen del Carmen en Cachicata, tan sencillas y humildes, sobre todo porque la comunidad de al frente cumplía su promesa de poner música hasta la hora determinada. Las misas en Belempata a la luz de las velas, las misas en Caldera o en Chaupimayo, apretados, pero felices, las misas en la histórica Limonpampa, la Navidad en Aranjuez con el mejor de los patrones, mi Señor de los Milagros en Margaritayoc o en Pacchac Grande. Tantas comunidades, tantos rostros, tantas historias... y mi querida comunidad de La Joya, donde celebré mi primera Misa, y donde he jurado que el día que me toque irme completamente de La Convención subiré para despedirme. Aunque, así como pinta la cosa, creo que no llegará ese día.
Recuerdo que se estaban actualizando los estatutos del Consejo de Formadores. Desde lejos y con una nueva faceta en mi misión, la palabra “formación” resuena cada vez más en mi vida. No es ninguna novedad: la formación es la que nos ayudará a preservar el pasado, para ser críticos ante el presente e ir construyendo el futuro. Nuestro Señor lo sabía bastante bien, y por eso dedicó largos años de su vida para formarse y, después, para formar una comunidad de discípulos que luego salieran a anunciar y formar en la fe a los futuros hijos e hijas de la Iglesia. Es una gran responsabilidad la de la formación, y de ahí mi deseo de que “gastemos” tiempo en la formación de las generaciones, y, como viene proponiendo nuestro obispo David, "recristianizar las familias convencianas".
Mientras escribo estas líneas no puedo dejar que las lágrimas caigan de mis ojos, de puro agradecimiento. Agradezco a los niños de Echarati que me enseñaron a jugar con las sombras en la carretera, junto a hermana Najila, mientras esperábamos al carro que bajara de Esperanza Delicias. Agradezco a la gente de Huayllayoc por enseñarme que una capilla no es la iglesia, sino quienes celebramos la fe, fuera o dentro de ella. Agradezco haber conocido a Elena, aunque nunca tuve la oportunidad de celebrar una misa en su florecida comunidad de Aguilayoc Baja. Agradezco a los adultos de Pasñapacana, Huayanay Baja, Mazapata, Morro San Juan o Calderón Alta por enseñarme a perseverar cuando parece que nadie va a venir a la celebración, y al final se llena la capilla. Agradezco a Karina, Yolanda y Sensi por su continua disposición para acompañar a los sacerdotes y religiosas a las comunidades. Sobre todo de una de ellas, estoy seguro de que su nombre está ya escrito en el cielo. Agradezco el liderazgo de Hilda o Juan, que es recordatorio agradecido de todo lo que aprendieron y siguen transmitiendo. Agradezco al Señor que nos cuida en todo momento... sobre todo aquellas dos veces en que casi nos vamos a precipicios mientras fray Vicente y yo nos quedábamos dormidos en plena carretera de Echarati.
Cuando uno viaja por las rutas de las comunidades, va pasando de la oscuridad y las sombras a vislumbrar los destellos de luz de las casas que anuncian el regreso a la ciudad. Así vuelvo de evocar recuerdos de las Comunidades Cristianas Campesinas de Quillabamba a mi trabajo en Kirigueti y Timpía, y a todos aquí les digo: si no hubiese pasado por Quillabamba, estoy seguro de que no estuviese aquí.
Llevo en mi corazón a las queridas Comunidades Cristianas Campesinas, ¡Kausachun!
Y quisiera finalizar diciendo que a este punto de llegada —cincuenta años— le sigue uno de partida, nuevos desafíos... y estoy seguro de que "verán cosas mayores", como citaba evangélicamente Fray Luis Verde.
¡Kausachun, Comunidades Cristianas Campesinas! Y que las Bodas de Oro sigan cristalizando su historia.
Su hermano, en Cristo y María,
Fr. Joel Alonso Chiquinta, OP
Misionero dominico en Perú
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