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El Blog de Misioneros Dominicos - Selvas Amazónicas

De misión en Puerto Maldonado

Os dejamos el testimonio de Manolo, un médico valenciano que ha estado echando una mano en la misión de Puerto Maldonado durante los meses de septiembre y octubre. Ha regresado encantado de la experiencia y con ganas de volver.

"Hola, amigos de Selvas Amazónicas. Me llamo Manuel, tengo 54 años, estoy casado y tengo dos hijas, de catorce y dieciséis años. Dada mi profesión de médico me asignaron la asistencia sanitaria de los ancianos de la Residencia de Adultos Mayores Apaktone, que los misioneros gestionan en Puerto Maldonado ..."

 

Hola, amigos de Selvas Amazónicas. Me llamo Manuel, tengo 54 años, estoy casado y tengo dos hijas, de catorce y dieciséis años. Soy médico generalista especializado en Cuidados Paliativos. Durante los meses de septiembre y octubre he tenido la suerte y el privilegio de poder hacer realidad uno de mis sueños, el de conocer in situ la vida de la misión. Lector desde hace muchos años de los boletines divulgativos de los misioneros dominicos de Selvas Amazónicas, iba conociendo sobre el papel los nombres de los misioneros, de las misiones del Vicariato Madre de Dios y de sus ríos, y al mismo tiempo crecía en mí el deseo de conocerlos personalmente. Para ello, me puse en contacto con la sede en Madrid, les expliqué mis deseos, y me aceptaron como cooperante. Realicé, junto a otros compañeros voluntarios, varias reuniones formativas y me destinaron a la misión de San Jacinto, en Puerto Maldonado. Dada mi profesión de médico me asignaron la asistencia sanitaria de los ancianos de la Residencia de Adultos Mayores Apaktone, que los misioneros gestionan en dicha ciudad.

En este centro son atendidos numerosos ancianos que por diversas circunstancias sus familias no pueden cuidarlos, o bien, no tienen a nadie que pueda hacerse cargo de ellos durante la vejez. Algunos vienen de algún otro centro u hospital, tras ser recogidos de la calle, en donde malvivían y enfermaban. Aquí, en el centro Apaktone, encuentran un remanso de paz y tranquilidad en el ocaso de sus vidas, y con el hermano seglar John y las enfermeras y cuidadoras, forman una gran familia. He atendido sus diversas dolencias físicas, con los limitados recursos de que disponía y he pasado largos ratos de conversación con ellos, conociendo sus vicisitudes en la vida, historias de duro trabajo, unos en la sierra andina, de donde tuvieron que emigran en busca de una mejor vida. Otros en la selva, trabajando duramente en la chacra, de sol a sol, para sacar a delante a sus familias y subsistir en condiciones penosas, sin acceso a la educación o la sanidad. Historias de mujeres maltratadas, de maridos embrutecidos por el alcohol, de rupturas familiares, de hijos abandonados, todo ello fruto de la necesidad y la pobreza. Para el obispo “Paco” este es un proyecto de especial cariño y siempre que se lo permite su apretada agenda, le gusta visitarlo.

He conocido las actividades que realizan los misioneros de la Misión de San Jacinto, en la ciudad de Puerto Maldonado. Esta ciudad, capital del departamento, ha crecido desmesurada y atropelladamente en los últimos años, con una gran inmigración de gentes de la sierra, atraídos por la fiebre del oro y la economía informal. Los misioneros realizan una gran actividad pastoral, tanto en la Catedral y la parroquia adjunta, como en las iglesias y capillas de los barrios de la cuidad. La celebración de la eucaristía, bautizos, catequesis, formación de los chicos y chicas de confirmación, bodas, funerales etc. Algunos dan clases en el seminario cercano a la misión. Colaboran con Cáritas y con la oficina de derechos humanos. Durante mi estancia pude disfrutar de la festividad de Señor de Los Milagros y de la llegada de las reliquias de San Martín de Porres, también conocido como Fray Escoba. El padre Daniel dirige y coordina todas las actividades junto con los veteranos padres Miguel Angel y Amando y los jóvenes Marco Antonio, Serapio y David, que estarán unos meses ayudando en la misión. Recuerdo con cariño las historias antiguas de la misión que nos contaba el veterano hermano Domingo, durante el almuerzo.

He comprobado la dificultad de ser cristiano y mantener viva la fe en estas tierras, tanto en la ciudad como en las comunidades cristianas dispersas en la inmensidad de la selva. Pude visitar algunas de ellas acompañando al padre Serapio navegando con la canoa por el río Madre de Dios. Lugares con nombres pintorescos como Laberinto, Boca Inambari, Lagarto, Horacio Ceballos, Mazuco etc. O con el todo terreno, recorriendo la carretera interoceánica, las comunidades de Tres Islas, El Pilar, el Infierno, San Juan, Hermógenes García, Vírgenes del Sol, etc. En realidad, más que pueblos, son agrupaciones de casas de construcción sencilla, de madera y tejado de hoja de palmera o de calamina, dispersas, con sus chacras cercanas en donde sus habitantes cultivan yuca, plátano, piña, palta y otros frutales. Gallinas y chanchos complementan la economía familiar. Una vida sencilla aunque de duro trabajo. En los pueblos más grandes, como Laberinto, Lagarto o Mazuco abundan los talleres mecánicos, en donde se repara la maquinaria de la minería del oro, los pequeños comercios y los bares y tabernas de prostitución en donde los mineros dilapidan sus ganancias. Sin embargo en todas ellas se encuentran pequeñas y sencillas capillas en donde los fieles se reúnen y se celebra la misa cuando los padres tienen la ocasión de visitarlos.

He conocido con los misioneros varias comunidades indígenas (amaracais, shipibo, Ese Eja y machigengas). Sus culturas van languideciendo ante el avance imparable de la economía de mercado, la masiva inmigración de habitantes de la sierra, de la minería informal, la tala de la selva para la ganadería y la explotación ilegal de las maderas nobles. Recuerdo que en la comunidad amaracai de Boca Inambari, el anciano Manuel me contaba cuando siendo niño vivía con su tribu en lo más profundo de la selva, a la manera antigua, “calatos”, y un día aparecieron los misioneros dominicos para sacarlos de la selva e introducirlos en la vida civilizada y en la fe cristiana. Recordaba con afecto a los misioneros.

También tuve la oportunidad de hablar largo y tendido con el padre Xavier Arbex, veterano en Puerto Maldonado, y gran experto y conocedor del tema de la contaminación por mercurio de las aguas de los ríos de la zona como resultado de la minería del oro. Me explicó las nefastas consecuencias de este problema, de la contaminación del pescado que consumen las poblaciones ribereñas y su relación con la aparición de enfermedades y alteraciones en el desarrollo intelectual de los niños. Este misionero es muy emprendedor y ha fundado una residencia, llamada El Balcón, para chicas que se encuentran sin recursos o en situación de riesgo y marginalidad, o que han sufrido malos tratos o abandono. Allí se educan, estudian y reciben una formación laboral que les permita adquirir una autonomía personal. Algunas de ellas trabajan en la heladería de la fundación llamada “El Gustito del Cura”. Es un lugar emblemático en la plaza de armas de Puerto Maldonado. Todas las calurosas tardes se llena de lugareños y turistas deseosos de saborear la variada oferta de helados, jugos de frutas de la selva y pasteles de elaboración propia. Por cierto mi preferido era el helado de chocolate y coco, y el jugo de uña de gato. También gestiona el padre Arbex una papelería-librería y un albergue turístico, llamado “Bello Orizonte”. Los beneficios de todos estos negocios revierten en la educación de las chicas y en el mantenimiento de la residencia.

Fue muy enriquecedora mi estancia durante una semana en la misión de Boca Colorado. Este pueblo, junto con Puerto Carlos y Delta Uno, son pequeñas localidades que se encuentran inmersas en la vorágine de la fiebre del oro. Están en plena efervescencia social, y aquí acuden a diario inmigrantes serranos, aventureros, marginados, fugitivos de la justicia, chicos y chicas jóvenes que abandonaron sus familias, todos en busca del trabajo y las oportunidades que supuestamente promete la actividad minera. Aquí trabajan el padre Pablo Zabala y el padre Martín. En Boca Colorado está la misión-albergue El Señor de los Milagros, para niños y niñas de las comunidades indígenas de la zona (amaracais y arambuk principalmente) y de hijos de mineros y de chacareros. Al estar en el mismo pueblo acuden a la escuela municipal, y en el albergue, junto con los padres Pablo y Martín y la hermana Teresa, forman una gran familia. Aunque las condiciones son muy austeras, allí se educan en un ambiente cristiano, estudian y realizan actividades complementarias tales como cultivar productos agrícolas en la chacra de la misión, criar gallinas ponedoras y peces en una balsa artesanal, y aprender mecánica y carpintería en los talleres, en un ambiente de alegría y fraternidad. Es admirable el esfuerzo y tesón del padre Martín y la hermana Teresa, dedicados en cuerpo y alma a atender las necesidades y la educación de los chicos y chicas del albergue. Al mismo tiempo el veterano padre Pablo, con sus largas barbas y su gastado hábito de dominico, ha empezado a construir una nueva iglesia en Delta Uno. Este joven pueblo, dedicado plenamente a la minería del oro, celebraba esos días su séptimo aniversario y sus calles embarradas estaban abarrotadas de gente. Se hicieron concursos de futbito y bailes regionales serranos y para terminar un grupo de música “huailas” amenizó hasta la madrugada, mientras se bebía cerveza de manera desenfrenada. Es el típico pueblo de frontera, de difícil acceso por carreteras embarradas y transbordo en canoa de los ríos Inambari y Pukiri. Se está construyendo en la parte alta lo que será la futura plaza de armas y allí se están levantando los cimientos de la iglesia conforme a los planos y la supervisión del padre Pablo.

Como conclusión de mi estancia en la misión me gustaría destacar el arduo trabajo que realizan todos los misioneros y misioneras que he tenido la suerte de conocer, tanto en la capital, Puerto Maldonado, como en los pueblos y comunidades. La precariedad de medios de que disponen para realizar su labor pastoral y la promoción del desarrollo social de la población. La especial dedicación a los más desfavorecidos, de los ancianos, de los niños, de los enfermos. De la promoción de la juventud. Todo ello con recursos limitados, pero con grandes dosis de ilusión y optimismo. El pueblo peruano así lo reconoce y los tiene en gran estima. Por otra parte he podido convivir y conocer con cercanía a este pueblo peruano, al que tengo en gran estima. He hablado con numerosas personas y me han explicado sus preocupaciones, sus deseos de que el país mejore, de que acaben las injusticias y la corrupción que tanto daño hacen. Gente encantadora que trabaja y se esfuerza por sobrevivir y sacar a delante a sus familias y deseosos de que se solucionen los numerosos problemas que aquejan a la zona. Toda la ayuda que se les pueda dar será bien recibida.