Cuaresma Misionera: la solidaridad que transforma el corazón y el mundo
La verdadera solidaridad no consiste solo en dar cosas, sino en salir de nosotros mismos, reconocer la dignidad de cada persona y comprometernos con quienes cargan con la cruz de la injusticia

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a fortalecer tres prácticas piadosas que debemos realizar en todo tiempo: el ayuno, la oración y la solidaridad.
La solidaridad no es dar de lo que me sobra, ni deshacerme de lo que me estorba. No es poner una cierta cantidad de dinero en el sobre de la colecta cuaresmal, ni comprarle un café al mendigo que pide a la salida de misa. La solidaridad es salir de mí mismo y descubrir al otro que sufre.
Es mirar hacia el sur, el sur que está más allá de nuestras fronteras y el que se ha metido en nuestras calles y ciudades. Es reconocer la dignidad de todo ser humano y trabajar para que sea respetada, es abrir el corazón más que el bolsillo. Es implicarme, comprometerme, incomodarme…
La solidaridad es ser el cireneo de los miles de seres humanos que llevan su cruz por la calle de su amargura. Es olvidarme, por un momento, de mí mismo y empezar a pensar en plural. Es descubrir que los demás me necesitan tanto como yo los necesito a ellos. Y que el mundo solo cambiará cuando nos sintamos responsables los unos de los otros.
Solo siendo solidarios podremos verdaderamente identificarnos con el crucificado.
Esta reflexión forma parte de la serie Cuaresma misionera, dedicada a las tres prácticas que la Iglesia propone en este tiempo: ayuno, oración y solidaridad.


