Cuaresma Misionera: el ayuno que nos acerca a Dios y a los más pobres
El ayuno, más que una privación exterior, es una experiencia de despojo que nos ayuda a reconocer nuestra fragilidad, acercarnos a Dios y compartir las carencias de quienes más sufren

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a fortalecer tres prácticas piadosas que debemos realizar en todo tiempo: el ayuno, la oración y la solidaridad.
El ayuno, más que comer menos o dejar de comer algunas cosas, es una experiencia de despojo y carencia que hace más fructífera nuestra vida cristiana. Vivimos rodeados de cosas que realmente no necesitamos, y las que realmente necesitamos, a veces nos impiden ver quiénes somos realmente y quiénes podemos ser.
Ayunar es privarse de las cosas que entorpecen nuestra capacidad de conocer, amar y seguir a Jesús. Es desnudarse y soltar todo lo que nos pesa, para poder avanzar por el camino de las bienaventuranzas. Es entrar en el desierto y darse cuenta de que somos criaturas frágiles y necesitadas que solo se mantiene vivas por la gracia de Dios.
Ayunar también es compartir las carencias de mis hermanos y hermanas más pobres. Las personas que no tienen que comer, las que mueren de sed en el desierto de la soledad. Las que no tienen nada porque han sido despojadas de lo necesario para una vida digna.
Bien vivido, el ayuno nos acerca a Dios y al prójimo.
Esta reflexión forma parte de la serie Cuaresma misionera, dedicada a las tres prácticas que la Iglesia propone en este tiempo: ayuno, oración y solidaridad.


