Contrastes


21 de octubre 0 comentarios

A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de conocer muchos grupos de carácter católico, principalmente en centros juveniles o grupos de fe de jóvenes. Personas con una serie de cosas en común, entre ellas nuestra fe. En todos ellos la forma de trabajar y de plantear los encuentros era muy distinta. Mi reflexión viene en base a una experiencia que tuve la suerte de vivir esta semana.

Un amigo de un grupo juvenil de fe me invitó a compartir lo que llaman “hora santa”, un encuentro en el que tras una reflexión inicial emitida por el párroco, se expone el Santísimo y durante 60 minutos se crea un clima de oración y silencio. Se proponen una serie de textos y se cantan canciones (muy bonitas, por cierto). El caso es que viviendo tal experiencia, no me pude sentir más fuera de lugar, fuera de mi sitio. ¿Cómo es esto posible? ¿No se supone que hay un solo Señor, una sola fe y un mismo bautismo? ¿Cómo podemos ser tan diferentes?

Me prepare vistiéndome como Dios manda para la ocasión, para no destacar... camisita, pitillos remangados y náuticos, con la mascarilla a juego (a juego con mi ropa, no con las del resto del grupo, que no llevaba la bandera de España). Desde el momento en que entré, pude ver cómo la Iglesia era preciosa, sin duda una de las más bonitas de mi ciudad. Muy ornamentada, con imágenes por todas partes, todo en colores dorados simulando riqueza, gigantesca y con unos juegos de luces que hacían que el altar pareciera un teatro. Y estaba prácticamente vacía... bancos y bancos desiertos que daban qué pensar, si la necesidad del grupo era un espacio tan grande. Cuando nos dispusimos a adorar al Santísimo cambiaron las luces iluminando solo la Custodia (la pieza que soporta la hostia consagrada), que por cierto, tenía leds en su interior que convertían este objeto sagrado en una linterna.

Ese tiempo fue muy agradable. Siempre está bien tener un momento en la semana para desconectar, pararte a pensar, tener un rato de oración. Puedo apuntar que la amiga con la que asistí me llamó la atención para decirme que no podía sentarme con las piernas cruzadas porque el Santísimo estaba expuesto.

Y el problema está en que lo único que pude ver durante esa hora fue incoherencia. Incoherencia porque alabábamos a un Dios que yo no conocía, que yo no veía. Mi Dios es un gesto de humildad, de austeridad, de convivencia y que se acerca a los hombres. Yo veo a Dios cuando comparto y lo veo entre paredes lisas y techos de uralita. Siento a Dios cuando conozco a gente nueva que me aporta ideas y formas nuevas de ver la vida, con realidades que se separan de la mía y que me hacen ver lo distintos que somos todos los hijos de Dios. Siento, adoro y hablo con Dios aunque éste no esté iluminado ni recubierto de oro y yo esté tirado cómodamente en el suelo; y no por ello le falto al respeto a él ni a nadie.

Evidentemente esta experiencia me hizo recordar mi experiencia de misión y recordar lo fácil que es conectar con Dios cuando no hay miras tan estrechas ni obstáculos de lujo de por medio. Y doy gracias a la vida por ello.

Sergio Pérez Cantín, voluntario de Selvas Amazónicas



Eucaristía en el campamento de verano en Puerto Maldonado (Perú)
 


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