Vuelta a la “zona de confort”


6 de febrero 0 comentarios

Escribo estas líneas habiendo regresado de mi viaje. Tantas cosas, tantas personas, tantas sensaciones, que cuando alguien te pregunta cómo ha ido, no sabes cómo responder. Creo que este tipo de experiencias son únicas y tan personales que, no tiene mucho sentido tratar de contarlas, porque no se encontrarán las palabras adecuadas y uno fracasará intentando transmitir ese sentimiento que tuvo o ha quedado dentro de él. Aun así, escribir siempre está bien. Nunca sabes si alguien va a leerlo y a encontrar en su interpretación algo de inspiración.

¿Qué hay como salir de la zona de confort para marcharse a no importa qué lugar recóndito y compartir y vivir experiencias con la gente de allí o que allí encontramos? Para mí, nada. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. ¡Cuánto mejor lugar sería el mundo si no nos dominase la indiferencia, indiferencia hacia los otros, hacia los que no conocemos, o hacia el daño que hacemos!

Aventuro a todo el que lea esto a que, si no lo ha probado, y ya no hablo sólo de voluntariado puesto que hay mil y una fórmulas –cursos de formación en terreno, turismo solidario, voluntariado de cooperación internacional, voluntariado de acción humanitaria, brigadas solidarias, simple mochileo,etc.- a que pruebe. A que vaya a compartir un tiempo con gente que esté encantada de recibirlo, a que vaya a conocer realidades distintas, a que vaya a llenarse de vivencias y a que las comparta una vez de vuelta. Y como una vez escuché “Corazón que no siente, ojos que no ven”, a que vaya con el corazón abierto.

Sobre mi experiencia, pasé al final dos meses en Haití. Cuatro semanas con los directores de UCAD y OTEDA ayudando en la construcción de letrinas para algunas familias y conociendo otros proyectos; y cuatro en la montaña en una de las misiones de Petits Frères Sainte Thérèse, dando clases a chavales de educación secundaria. Los hermanos son de gran ayuda en la comunidad de Beauséjour. De no ser por ellos y por la iglesia, no habría centro de salud, no habría escuela y no habría ni ayuda ni oportunidades para muchos. Dedican su vida, con total dedicación, a la comunidad y a sus quehaceres religiosos.

Haití fue para mí un mar de experiencias con los sentimientos siempre a flor de piel. Fue hospitalidad, fue naturaleza, fue misticismo, fue pobreza, fue madurar, y en definitiva, fue único. Después pasé otras cuatro semanas en el norte de Perú con All Hands and Hearts, una ONG americana que construye escuelas en sitios afectados por desastres naturales. Fue una experiencia muy reconfortante ver junto a otros cuarenta voluntarios venidos de muchos sitios cómo las escuelas iban tomando forma. Trabajo duro, es o sí, pero todo cansancio desaparecía  cuando una de las familias de la comunidad venía a darte con todo su amor un refresco que  venía que ni pintado a esas horas de sol, o cuando mujeres y niños organizaban para nosotros exhibiciones de bailes afroperuanos típicos.

He vuelto a casa después de cuatro meses y medio porque también pasé tiempo viajando, con poco más que mi mochila y mi cámara de fotos. De momen
to he tenido la suerte  de, cuando me he embarcado en estas aventuras, encontrar el tiempo suficiente para hacer ambas cosas. He conocido a gente maravillosa. Cuando uno viaja así, conoce gente de mente abierta, y no hay nada más mágico que tener una conexión con un extraño después de un día que es más fuerte que la de relaciones de amistad de toda la vida. Por eso amo viajar, entre otras cosas. Algunos creen que soy aventurero; yo les digo que ojalá lo fuera más, y que ellos no lo son porque no quieren o por miedo. Todos tenemos miedos, pero cuando se trata de hacer o no hacer cosas que queremos hacer, hay que darse cuenta y hacer un esfuerzo por vencerlos. El miedo construye paredes y nos atrapa dentro, y un día habrá consumido esos deseos que una vez sentimos, o ya será tarde, si no sabemos verlo venir.  Porque si dejamos anidar a esos miedos, no viviremos de la misma forma. Yo intento conocer mis miedos, y puedo ver que gran parte de la gente que se fascina con estas experiencias, tiene cierto miedo a probar. Una frase muy común es “Yo es que no puedo hacer eso”. No, no puedes no; no quieres. Cuando se trata de viajar, la sociedad tampoco ayuda. Podría hablar más de esto,
pero no quiero.

Me volvería a ir mañana. ¡Cuento los días para la próxima!

Volviendo al voluntariado – que no tiene por qué ser internacional-, el trabajo voluntario es una de las opciones que tiene la gente que siente algo más que esa indiferencia, para reflejar su compromiso social, para aportar un valor añadido con su tiempo y tratar de mejorar un entorno. La educación es el motor de todo, eso ya está asumido por los agentes de la cooperación. Ya no se destina el dinero sólo al suministro de agua potable y la lucha contra epidemias, por así decirlo, sino que se reconoce la importancia de la educación. No obstante, deberíamos examinar nuestra educación. Como dijo María Montessori, cuando eduquemos para ser cooperativos y solidarios en lugar de para la competencia, estaremos educando para la paz y la igualdad, y entonces la conciencia social crecerá y el voluntariado será una práctica mucho más extendida.

No he querido entrar mucho en detalle sobre mis experiencias– ya escribí algo sobre Haití al menos-, porque ya he dicho que me resulta difícil y más en papel, pero quedo por supuesto a disposición del que baraje estos destinos o similares. Quiero agradecer de corazón a Acción Verapaz el haberme brindado esta oportunidad y a todos los que con vuestras acciones o donaciones ayudáis a unos pocos olvidados sea donde sea.

Y me despido animándoos a tener estas experiencias una vez más y con una frase de Isabel Allende que vendría a decir algo así: “Sólo tenemos lo que damos, y es gastándonos a nosotros mismos como nos hacemos ricos.”


Álvaro Muñoz de Pablo

Voluntario de Acción Verapaz


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