"Puedes estar satisfecha"


10 de septiembre 0 comentarios

El 28 de junio era el día de adentrarse en una nueva misión. Maletas llenas, ilusión, algo de miedo y corazón preparado para las nuevas personas que estaban por llegar. Próximo destino: La Habana, Cuba, con las hermanas de la Congregación Santo Domingo.

Me había documentado sobre la historia de Cuba, sobre la vida allí, la cultura, pero hasta que no lo vives, nada es igual. Fue pisar el aeropuerto y ya se notaba el cambio, “el calor fuerte” con tanta humedad que hacía que no parara de sudar. Provocaba un ambiente de charla distendida, con abanico en mano y esa sensación letárgica que tanto caracterizaba. Allí me estaban esperando tres fantásticas Hermanas, Sor Bedzaida, Sor Laura y Sor Rubiela y con algo esencial en Cuba, “el pomito” (botella) de agua.

Desde el principio las Hermanas me hicieron sentir como en casa, sentía cariño y su apoyo en todo momento. Me ponían al día de cada una de las actividades que realizaban, de sus experiencias y lo que allí vivían. Uno de los maravillosos proyectos que compartí con ellas fue la Escuela de Verano, donde acudían niños y niñas de entre 1º a 6º de primaria del barrio “La Timba”, en la Habana. Para la escuela siempre había niños en la puerta desde temprano, que con energía y alegría querían empezar su día de actividades. Se dividían en diferentes grupos y se distribuían por las distintas aulas (computación, artes plásticas, teatro, baile, deporte e inglés). Yo era la profe de computación y teníamos momentos de trabajo pero también de juego y charla. Durante el día se repartía una merienda y un almuerzo. Cada uno iba a recoger su merienda y todos sentados compartían sus historias y después, un buen rato de juego. A la hora del almuerzo se les ofrecía una comida deliciosa, que con tanto cariño había preparado Sor Bedzaida. Era la hora de alimentarse pero también de seguir fomentando valores y trabajar las rutinas de: lavado de manos, dientes, uso de cubiertos, servilletas…

Los pequeños ya formaban parte de nuestra mañana, pero…también ¡de la tarde! Salir por la tarde era momento de encuentros. Saludábamos a los niños que jugaban en la calle, a las personas que acudían a la parroquia y gente que siempre buscaba el lugar más fresco para compartir largas conversaciones. Esas salidas las dedicábamos a visitar a enfermos y personas mayores en sus casas. Era algo precioso, para los mayores era compañía pero para mí era aprendizaje de los más mayores y de la entrega de las Hermanas. Para estas visitas y la organización de la parroquia, las hermanas se apoyaban de un estupendo grupo de mujeres muy comprometidas. Con ellas y con un grupo de maravillosos hombres pasé tardes rezando el Rosario y poniéndome al día de las últimas novedades de la comunidad. Una vez al mes también se encargan de dar alimentos básicos a los mayores y enfermos, y tuve la oportunidad de vivir ese momento.

Hablando de encuentros, no podía faltar el de la Familia Dominicana. Pude conocer en el barrio del Vedado a los Frailes Dominicos y a las Hermanas Dominicas de clausura. Fue una estupenda oportunidad: poder conocer a las hermanas, que rezaban por cada uno de los cubanos y compartían lo que tenían; tener la suerte de conocer al Padre Uña del que tanto me habían hablado con su siempre sonrisa y mensaje positivo; al Padre Celio, brasileño responsable de nuestra iglesia Santa Rosa de Lima con su amena conversación;a las hermanas Dominicas Misioneras de la Sagrada Familia que pasaban por casa unos días y compartían sus vidas… eran grandes regalos.

Un proyecto que también estaba pensado para mi llegada era compartir algunas charlas con el grupo de Alcohólicos Anónimos. El grupo quería profundizar en algunos temas,por lo que nos organizamos para trabajarlos una vez a la semana. Poco a poco fui conociendo a los miembros del grupo y sus inquietudes. Me impresionaba el compromiso que tenían y la estupenda organización. Eran hombres y mujeres motivados, participativos, formados teóricamente pero también de la experiencia, con una capacidad impresionante de reconocer errores y unas ganas maravillosas de seguir creciendo. Ellos me decían “doctora” y para mí no eran un grupo de alcohólicos, eran personas, que me acogieron y me hicieron sentir muy bien.

La última semana, a pesar de ser de las más tristes, englobó los mejores momentos. En la escuela de verano, como estábamos metidas en la rutina, no éramos conscientes de todo lo que estaba suponiendo para los pequeños. Se hizo una evaluación con ellos donde pudieron expresarse y fue la mejor forma de valorar el proyecto. Nos trasmitieron que estaban contentísimos con los profes y con las actividades ofertadas. Escuchar lo que habíamos supuesto sus profesores y lo a gusto que habían pasado los días allí, lo que habían aprendido…era felicidad para ellos y, ¡para nosotras!

La despedida de los viejitos y la gente de la parroquia se convirtió en una tarde de convivencia entre nosotras, y de recibir y recibir. Recibir cariño, agradecimiento, últimos consejos y aprendizajes. Tanto cariño en tan poco tiempo, ¡era fantástico!

¿Y con el grupo de Alcohólicos Anónimos? La última charla se me hizo difícil concentrarme, no quería que esos momentos de encuentro se acabaran. ¡Y cómo acabó! avisaron a las Hermanas, dedicaron un tiempo a agradecerme lo dado y nos invitaron a una merienda. Pero… ¡si era yo la que estaba tan agradecida con su apertura y sus testimonios! Todo lo que sentí, difícil de explicar con palabras.

Y las Hermanas…tengo tanto que agradecerles. Su apertura, su cuidado, su cariño, …sus vidas!

Si en algo puedo resumir el total de mi experiencia es: satisfacción. La misión para mí es encuentro, oportunidades de oración, de ampliar la mente conociendo otras realidades y de llenar el corazón de nuevas maravillosas personas.

Belén Rodríguez Román

Voluntaria Misionera


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