Caras de la pobreza


11 de marzo 0 comentarios

La mayoría de la gente es consciente o, mejor dicho, sabe que hay pobreza en el mundo. Lo que impacta en la misión es mirarla cara a cara, ponerle historias concretas, nombres y rostros. Pasar del abstracto concepto de pobreza a la realidad palpable de la gente pobre, al menos materialmente. Supongo que podría contar varios momentos sólo con la primera semana que pasé en Camboya, pero me voy a quedar con los que me chocaron más.

El primer momento fue en la escuela de Tropiang Mara, construida junto con un pozo hace poco más de 3 años a la que sólo se podía acceder después de 40 min por una pista forestal llena de bultos y baches.
 


Escuela de Tropiang Mara

Era un día especial para ellos, porque íbamos a visitarlos. Había madres que habían venido también a la escuela para la ocasión acompañadas de los niños más pequeños. Impresionaba ver que los más pequeños iban completamente desnudos, por la falta de recursos de estas familias. Ante esa imagen, lo sorprendente fue que nada más llegar nos ofrecieron lo poco que tenían, unos cocos, nos los partieron y nos los dieron par que bebiéramos. La generosidad de los pobres.

Nos presentaron a Jenny (otra voluntaria estadounidense) y a mí y nos pidieron que les hiciéramos una breve clase de inglés, así que decidimos enseñarles la clásica canción de “Head, shoulders, knees and toes”. Me fijé especialmente en un niño en primera fila. No era de los que mejor se la sabía y se perdía un poco, pero la atención y concentración que ponía para aprender me impactaron. Era curioso cómo podía la comunicación fluir, aún sin yo saber jemer, el idioma de Camboya.

  

 


 

Al salir de la escuela, vi a ese niño que estaba recogiendo agua junto con sus hermanas. Nos paramos a hablar con ellos, teniendo a la hermana y al profesor como traductores. El niño se llamaba Yoi y sus hermanas Pi y Riep**. Tenían 14, 10 y 6 años, respectivamente, pero aparentaban bastante menos. Su padre murió, su madre trabajaba en la construcción desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche a casi dos horas de distancia por 7 dólares al día; tenían otro hermano en la casa que lo cuidaba su abuela y era uno de sus primeros días en la escuela porque normalmente hacían tareas en casa. Nos explicaron que antes de la construcción del pozo de la escuela, tenían que ir a buscar el agua a dos kilómetros de distancia, y obviamente hacer esos dos kilómetros de vuelta cargando el agua. Y a todo esto, cada respuesta que nos daban iba acompañada de una sonrisa.

El segundo momento fue cuando ayudamos a construir una pequeña casa en un poblado llamado Kok Chong. Era para una familia que habían perdido su casa en un incendio el pasado diciembre. El padre era pescador y la madre cuidaba de los 3 hijos. La casa era de lo más simple, sin acceso a electricidad ni agua, simplemente un lugar dónde poder dormir y resguardarse del sol abrasador de Camboya. 

 

Al acabar la construcción, una de las hermanas le dio 30 dólares al padre y le dijo algo en jemer. Cuando preguntamos qué le había dicho, ella nos dijo que le había dado el dinero para que no tuviera que ir a trabajar esa noche, puesto que llevaba los tres últimos días sin dormir, por el día construía la casa y por la noche pescaba para mantener a la familia.


Estos momentos me rompieron muchos esquemas. En la misión no hay lugar para muchos lujos, pero ver las condiciones de vida y la sencillez de esta gente, me hace apreciar muchas de las cosas que me vinieron dadas y dar muchas gracias a Dios por ellas.

Pero de la misma manera que conmueve conocer estas historias, también conmueve, en sentido opuesto, ver la cantidad de personas que siguen luchando por una vida digna. Empezando por los nativos de aquí, profesores y personal de las escuelas que conocen y se preocupan de las necesidades de cada uno de los alumnos. En estas semanas, he tenido la oportunidad de conocer algunos.
Lo krou Hong, padre de 4 hijos, encargado de dos escuelas y también del mantenimiento de 2 parroquias y sus comunidades, con poca ayuda y lejos de otras comunidades que le puedan apoyar.
Ña krou Ruan, de unos 25 años, no pudo acabar sus estudios porque tuvo que ir a Tailandia para poder pagar los estudios de su hermano, ahora es auxiliar de profesora, siempre con una sonrisa e intentando practicar el inglés que sabe para comunicarnos, se entrega en cada actividad y juego y puedes ver cómo los niños la aprecian mucho.
Chantá es cocinera de una de las escuelas y cuida de sus nietos al mismo tiempo, su marido lo poco que gana en construcción se lo bebe, desde el minuto cero me acogió con mucho cariño y nos comunicamos muy graciosamente por mímica, un encanto de mujer.
Ña krou Giang, aparte de enseñar en un pequeño poblado, se encarga de visitar y proveer con alimentos básicos a las familias y vecinos. Estos son sólo algunos ejemplos.**
 

Y cómo no olvidar la tarea de tantos y tantas misioneras que entregan su vida en estas tierras. Dominicas, salesianos, hijas de la caridad, hermanas del buen pastor, laicos y voluntarios, etc. Sus tareas van desde concienciar del valor de la educación y dar oportunidades para que los niños puedan estudiar, al acompañamiento a aquellos que la sociedad desprecia como enfermos, ancianos o presos, hasta intentar evitar la trata de personas, entre otras. Atendiendo a todo tipo de personas, sin importar religión, sexo o raza. En muchas ocasiones, sólo hablan de su fe si se les pregunta sobre ello o sobre por qué están ahí. Hablando con una de las hermanas que lleva ya tiempo aquí me dijo en una ocasión: ‘Estar en misión muchas veces no es fácil, pero merece la pena por todos esos pequeños pasos que se van dando. Siempre muy poco a poco’. Lo que me hace pensar que mi estancia aquí es sólo un grano de arena, poco tiempo para cambiar nada aquí, pero lo suficiente para cambiar un poco mi mundo.




** Los nombres en jemer están escritos como se pronuncian o como yo creo que se pronuncian.

Teresa Buxo
 


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