DESDE MI BALCÓN VEO…


16 de febrero 0 comentarios

Llegamos a Madrid desde Jaén para reunirnos con todos en un nuevo encuentro misionero de Selvas Amazónicas. Ni el cansancio del viaje ni el frío de la villa fueron suficientes para evitar sentir el calor y el cariño de todos los que ya se encontraban allí. Casi a la par de los abrazos, besos y “¿qué tal estáis?” comenzábamos el encuentro con un momento oración.

“¿Qué ves desde tu balcón?” Esta inocente pregunta fue la que dio apertura a la parte reflexiva y formativa del encuentro. En ella me voy a centrar, junto con “la lectura cristiana de la realidad”; aunque hubo más cosas en el encuentro como la charla sobre “Afectividad y Misión” que nos dio Ana Cantizano (psicóloga) y el video-forum sobre la realidad de las mujeres en otros países con cultura, costumbres y religión distintas.

“¿Que qué veo desde mi balcón?” Desde mi balcón veo la Catedral de la Asunción de María -joya arquitectónica y artística del Renacimiento de Andrés de Vandelvira-; el palacio Episcopal; el palacio del Duque de Montemar -hoy Ayuntamiento-; el campanario de la Basílica Menor de S. Ildefonso; parte del primitivo convento de los Franciscanos -ahora Diputación-; el campanario de la iglesia del convento de los Mercedarios -aunque ya no están ellos ahí-; el castillo de Sta. Catalina de Alejandría y su cruz; toda la sierra de Jaén y sus montes como Jabalcuz; veo… Pero, ¿seguro que es esto lo que quieren que compartamos, una exposición de monumentos, paisajes, escenarios…? Entonces, agaché mi cabeza pensando, como buscando más interiormente qué veía desde mi privilegiado balcón y, como si el movimiento físico descendente de mi cabeza hubiera animado a mirar más dentro de mi mente y a mi corazón, vi lo que cotidianamente miramos pero no vemos. Fue cuando entonces comencé a saber lo que veo desde mi balcón: veo a los menores inmigrantes de África acogidos en un centro en una placita más arriba; a los chicos y chicas de Proyecto Hombre que llegan a su sede para estar un rato juntos; a personas haciendo cola para recoger el ticket de CARITAS para ir a por comida, ropa u otras cosas; a un hombre sentado en los soportales pidiendo algo para comer -un hombre de Camerún que está sentado en el mismo sitio donde anteriormente había otro (llamado Napoleón) con quien me sentaba junto con mi padre a charlar con él y preguntarle por su familia, sus sueños, sus motivos para venir a España y que un mal día fue deportado a su país ¡por no tener papeles! Hoy no me atrevo a preguntar “al nuevo” por su nombre, porque no sé si mañana estará-. Eso es lo que también veo desde mi balcón.

¿Desde dónde miro? ¿Adónde miro? Y, consecuentemente, ¿qué veo? Ha quedado patente que mi balcón tiene un lugar privilegiado, pero también ha quedado claro que nosotros no somos un lugar, sino un estar. Mi balcón no es el que me dice qué mirar, pero sí modifica el desde dónde mirar. La realidad que veo a pie de calle es la misma que veo desde mi balcón, mas desde la distancia y desde una posición de superioridad al elevarme del suelo. Sin embargo, esa distancia no me convierte en una persona distante; al contrario, me hace tomar conciencia de que en esa realidad también vivo yo y, además, en parte soy responsable si no hago nada por sentirla como propia. Obviamente, yo no soy africano, ni estoy acogido, ni me pongo en cola, pero sí puedo sentir lo que ellos sienten si soy capaz de leer y vivir esa realidad desde una experiencia cristiana y dominicana, incluso filantrópica. La perspectiva desde la que vemos las cosas nos ayuda o nos dificulta a ver qué es lo que realmente está pasando. Además, saber desde dónde miramos el mundo nos hace tomar consciencia de dónde estamos nosotros en él. La posición que tengamos, tomemos o adoptemos va a ser determinante tanto para nuestro acercamiento a los demás como para que ellos puedan acceder a nosotros.

La perspectiva puede ser apática. Ni sientes ni padeces por la vida de los demás. Es una indolencia que incapacita incluso para conectar consigo mismo. Es una corriente social “mimeísta” -teoría del “yo, mi, me, conmigo”- y todo lo que sale de ahí no existe o no nos interesa que exista. Desde esta postura desaparece toda perspectiva porque castra todos nuestros sentidos y sentimientos. No obstante, también existen las perspectivas de la simpatía y de la empatía. La primera la podría identificar con la filantropía y la segunda con el cristianismo. La simpatía, por propia definición, es comunidad de bienes y en este mundo aún existen personas que se siente y se saben en comunidad tanto con los demás seres humanos como con la naturaleza. Desde esta perspectiva la persona actúa “en relación CON el otro”; es un caminar conjuntamente. La filantropía nos hace bajar de nuestro de balcón a la calle. Por otro lado, estaría la empatía, que yo la identificaba con el cristianismo. Es un paso más. Esta perspectiva nos posiciona en una “relación EN el otro”. Es decir, manteniendo las identidades propias de cada individuo, somos capaces de vivir con las mismas premisas y variables que el otro. De esta manera, somos capaces de “EN-carnarnos” en su realidad y cultura. Nos hacemos semejantes y no sentimos distancias, fronteras ni barreras. Ahora bien, esta empatía cristiana tiene una dimensión que a nosotros, como Dominicos, nos tiene que llevar más allá: a la compasión. La compasión dominicana no es sentir lástima de los demás; al contrario, es ser débil con los débiles. La compasión que nos enseñó y dejó como legado Nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán es ser débil con los debilitados y empobrecidos. Es una perspectiva de la realidad que nos permite vivir una “relación EN el otro” y que el otro tenga una “relación EN mí”. Un solo corazón y una sola alma. Esta perspectiva de empatía cristiana dominicana hace que si bien la filantropía me permitía bajar a la calle desde mi balcón, el cristianismo hace que sienta también la calle como mi hogar y el ser Dominico favorece que suba a mi balcón a los que están en la calle gracias a la promoción de la persona, la defensa de su dignidad y derechos humanos y sociales, la defensa de la vida…

Esto se nos hubiese quedado en teoría si el domingo no hubiésemos ido a celebrar la eucaristía a una iglesita en la Cañada Real de Madrid o si Gloria no hubiera podido compartir sus experiencias como misionera en Kirigueti (Perú). Nos bajamos de nuestro balcón en el centro de Madrid para ir a una realidad enmudecida a tan sólo 10 kilómetros del centro de la ciudad. Un lugar sin lugar. Ahí pudimos comprobar hasta qué punto la dignidad del ser humano puede brillar por su ausencia. El problema no es que no tengan casa, luz, agua, comida… todo eso es recuperable en cinco minutos si se quisiera. El problema es que la mayoría de los que allí intentan sobrevivir han perdido el mayor tesoro de la persona: la dignidad. ¡Qué rápida se puede perder y cuánto tiempo cuesta recuperarla! Por otro lado, Gloria nos contaba los problemas con la contaminación del agua de los ríos, el abandono de las tierras fértiles, la escasez de alimentos básicos, las necesidades de los pueblos indígenas, las diferencias culturales… Gloria nos contó cómo cotidianamente el misionero es un nuevo fray Antonio Montesinos, la voz de los sin voz.

Como podéis ver, los encuentros de Selvas Amazónicas no sólo nos preparan para ir a las misiones en cualquier continente, sino que nos acompañan en nuestro proceso para ser misioneros allí donde nos encontremos aunque sea mirando desde nuestro balcón.


 


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