Porque el viaje es más importante que la meta


9 de octubre 0 comentarios

Hace poco más de un mes aterrizaba en el pequeño aeropuerto de Asunción, la capital de un país del que hasta hacía poco apenas había oído hablar, ya que casi no se menciona en nuestros noticieros, Paraguay. Por lo tanto, llegué con una sensación de incertidumbre total ante lo que me esperaba en este pequeño rincón del mundo, sin saber con seguridad en qué tareas me iba a involucrar. Más que estar nervioso, esta situación me hacía sentir completamente abierto a lo que estuviera por llegar y sobre todo con muchísima ilusión de empezar a vivir esta experiencia.
Allí me recogieron dos grandes hombres, Fr. Toni Miró, que lleva más de 20 años trabajando por el progreso y desarrollo de su comunidad estando principalmente al servicio de los más pobres y necesitados, y Dani, un chico de mi edad que vive con Toni, ejemplo de superación y entrega a los demás. Como no podía ser de otra forma, lo primero que me dieron a probar fue el tereré, bebida tradicional paraguaya hecha a base de hierbas, que refleja muy bien el carácter paraguayo de compartir sin escrúpulos, y empecé a entender porque es un pequeño “vicio”.
El lugar de misión, San Roque González, Tavapy en guaraní, es un pequeño pueblo situado a unos cien kilómetros al este de Asunción. Tras unos días de adaptación al horario invernal del hemisferio sur, Toni me propuso realizar un proyecto en varios colegios de las comunidades aledañas a Roque para trabajar con sus estudiantes, de entre 12 y 17 años, la motivación a través de juegos y dinámicas. Tal y como me había contado Toni, y que también fui descubriendo poco a poco por mi cuenta al hablar y trabajar con ellos, la realidad en la que viven la inmensa mayoría de jóvenes de las zonas rurales (y las comunidades de Roque son un claro ejemplo de ello) es que se ven envueltos en una situación en la que muchos tienen que ayudar a sus familias en el campo mientras estudian en el colegio y desean a toda costa salir de esa situación de precariedad en la que viven. Por ello, el pensamiento preponderante entre los jóvenes es que en el campo no tienen futuro y la gran mayoría desea empezar estudios universitarios que les alejen de esa situación. Pero poder pagar las matrículas es difícil y muchos tienen la necesidad de trabajar a la vez para poder costeárselos.
Desde luego el esfuerzo que ello supone es grande, se desmotivan rápidamente y dejan sus estudios, por lo que muchos deciden marcharse a Asunción a ganarse la vida en pequeños trabajos de poco futuro y gran inestabilidad. Su principal motivación acaba siendo ganar dinero fácil sin tener que esforzarse demasiado, envueltos en un ambiente de mediocridad y chabacanería del que es muy difícil salir.
Así, Paraguay, sin ser excepción, es un país bañado por la corrupción, arrastrada por una reciente dictadura, que envuelve prácticamente todos los ámbitos de la vida cotidiana. Al final, la falta de honestidad y fidelidad entre personas a la hora de llevar a cabo iniciativas hace que sea muy difícil crear proyectos que incentiven el cambio en busca del bien común. Es por ello por lo que son los jóvenes, los agentes clave para cambiar el “chip”, el paradigma en el que viven, que se debe realizar a través de la educación, pero desde luego esto es complicadísimo ya que como ocurre en todas partes, es el propio sistema el que impide que se produzca este cambio.
Más allá de estas sombras, también hay mucha gente que aporta mucha luz, gente que es capaz de ver más allá de intereses egoístas y luchan por el progreso y el bien común. Una persona que me maravilla es Miguel, el director de la escuela Ferrarini de Simbrón. Una persona con gran iniciativa y capacidad de emprendimiento, se le ve que siente curiosidad por todo lo que le rodea. Miguel lleva a cabo un proyecto con el que pretende dar alternativa a todos estos jóvenes estudiantes que desean migrar a las grandes ciudades impulsando un proyecto de agricultura familiar que fomenta el trabajo en el campo, que ha resultado tener bastante éxito. Miguel y su mujer Perla son una pareja encantadora y me acogieron con mucho cariño en su casa para que pudiera acudir a los tres colegios de Simbrón a dar las clases y así poder desplazarme fácilmente por la zona. Ellos me permitieron, además, integrarme en la vida del campesino paraguayo, desde levantarme a las 5 de la mañana para ordeñar una vaca y hacer queso paraguayo hasta meterme, literalmente, en las piscifactorías a pescar los deliciosos pacús, que no me cansé de comer. También en estas semanas tuve la oportunidad de conocer el hermoso entorno natural de esta zona, sus arroyos, cerros y bosques que tanta paz me han trasmitido.

 

Los chicos de los colegios también me acabaron sorprendieron para bien. En general, empezaron siendo muy retraídos y tímidos y al principio costaba que participaran en las dinámicas, ya que es frecuente que se rían del compañero que se equivoca, lo que les crea una gran inseguridad y provoca que se inhiban unos a otros. Pero poco a poco se fueron abriendo y creando un clima de confianza y acabamos congeniando y pasándolo muy bien durante las clases. Me acuerdo, por ejemplo, de Enzo, un chico muy tímido que apenas hablaba pero me acabó invitando a comer con su familia, lo que dejó bastante sorprendido a sus profesores…
Por otro lado, gracias a Miguel y a Toni, en este tiempo pude llevar a cabo otro proyecto con varios profesores de ciencias en Simbrón, que consistía en impartir un curso de capacitación con experimentos de ciencia “caseros”. De este modo, podrían aplicar lo aprendido en los distintos colegios por donde pasan, y ayudar a sus estudiantes a entender y afianzar los conceptos teóricos que aprenden.

 


 

Por supuesto, entre las personas que destacan por su trabajo y esfuerzo, no me puedo olvidar de Dani y el resto de bomberos voluntarios de Roque, son un ejemplo admirable de entrega y servicio a los demás sin recibir nada a cambio. Las experiencias que me contaron sobre distintas situaciones que han vivido estando de servicio son increíbles.
También tuve la oportunidad de visitar la Universidad Católica de Carapeguá, de la que Toni es el director. Allí pude conversar con Victor, uno de los primeros egresados de la licenciatura de agronomía, con quien pude compartir experiencias. Me explicó cómo funcionaba el sistema universitario de Paraguay y las dificultades a las que se enfrentan el alumnado universitario, sobre todo los que intentan acceder a estudiar un postgrado.
Me gustaría terminar mencionando la amabilidad y buena acogida de Fernando y el resto de integrantes de la Comunidad de Dominicos de Asunción. Los temas de conversación sobre filosofía y teología durante las comidas me han ayudado a ver otra cara de la iglesia a la que no estaba acostumbrado, lo cual agradezco enormemente.
 


El último fin de semana de mi experiencia participé como monitor en un campamento para jóvenes, organizado por los encantadores chicos de la Parroquia. El tema principal del campamento estaba inspirado en la Odisea de Homero. Y resume lo que ha sido esta experiencia para mí, que el camino recorrido es más importante que la meta.
Al final vas allí para realizar un proyecto, pero las vivencias, los encuentros con la gente y lo que vas encontrando por el camino hace que el viaje trascienda el objetivo inmediato y lo hace increíble. Por último, quiero agradecer a Toni Miró por su amable acogida y por todo lo que me ha enseñado, su lucha constante por intentar mejorar la vida de su Comunidad es admirable y ya le considero un mentor y ejemplo a seguir.
 


 


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